Ecologismo y capital: un callejón sin salida - Cibcom
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Ecologismo y capital: un callejón sin salida

Alejandro Caballero García

El pasado Viernes 27 de Septiembre se celebró (en sus acepciones de realización y fiesta) la llamada Huelga mundial por el clima. Dada su relevancia mediática y el interés que suscita el cambio climático creo relevante hacer una serie de apreciaciones sobre los desafíos que éste presenta, sus implicaciones políticas y, en concreto, profundizar en las propuestas político-prácticas que los diferentes movimientos ecologistas ofrecen.

Base empírica, ideológica y pragmática del ecologismo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que las amenazas del cambio climático son reales. Nos encontramos en un momento de inflexión, en el que el consenso científico parece indicar por abrumadora mayoría que, si el ritmo de extracción de recursos de la naturaleza y las emisiones de gases invernaderos se mantienen, estamos abocados a un panorama de catástrofe ambiental sin precedentes, todo esto sumado a un aumento creciente de la población (que necesitará más recursos), sobretodo en los países del tercer mundo, más expuestos a sufrir las causas de los desbarajustes climáticos.

Ante esta situación han surgido diferentes movimientos políticos desde hace más de 50 años con intenciones, propuestas y paradigmas ideológico-teóricos bien desiguales, pero cuyo engarce programático sería intentar evitar lo que a todas luces parece un destino inexorable de devastación si todo sigue igual.

Actualmente podemos encontrar dos corrientes hegemónicas dentro de los movimientos ecologistas. Por un lado los defensores del decrecimiento y, por otro, los defensores del llamado Green New Deal (GND de ahora en adelante).

Degrowth… un eufemismo de la palabra austeridad.

¿Qué defienden los partidarios del degrowth? Como el nombre propio indica, apuestan por una economía (capitalista) de crecimiento 0 ó negativo. Es decir, proponen que, dados los irreversibles daños que provoca el crecimiento al planeta (ahora veremos que, en ese punto, no van desencaminados), la solución pasa por contraer el PIB más y más cada año. Y sí, es cierto, hay pruebas empíricas que demuestran que cuando el crecimiento se acelera las emisiones de Co2 crecen.

José Tapia, en este artículo,1 muestra la correlación entre el crecimiento económico y el Co2.

Podemos observar como la mayor caída de la emisión de CO2 ocurrió con la crisis de 2009. Cuando la producción capitalista se detiene, le sigue una disminución en la velocidad de emisión de CO2.

Tapia señala: «Todo esto significa que el crecimiento económico está fuertemente relacionado con las emisiones de CO2, de hecho el crecimiento absoluto del PIB es el mejor indicador de la evolución de las emisiones. Los únicos períodos en los que los gases invernaderos que están destruyendo la estabilidad del clima de la Tierra han disminuido son aquellos en los que la economía mundial ha dejado de crecer y se ha contraído, es decir, durante la crisis económica mundial. Desde el punto de vista del cambio climático, las crisis económicas son una bendición, mientras que la prosperidad es una lacra.»

Y aún así, durante los periodos de contracción, disminuye el ritmo de crecimiento de emisión de Co2, pero la emisión neta sigue aumentando. 

Pero los partidarios del degrowth no se quedan en la simple proclama de una «economía decreciente»: proponen medidas para que esto se lleve a cabo. Y, casualmente, buena parte de ellas (por no decir la inmensa mayoría) se basan en modificar los hábitos de consumo de la población.

De esta forma podemos encontrar propuestas como pretender que se disminuya el consumo de carne por parte de la población, prohibir el vuelo en avión, o restringir el uso de vehículo particular. Todas estas medidas se llevarían a cabo, argumentan muchos, mediante la aplicación de un impuesto al uso de aquellos bienes o servicios contaminantes. Claro está, aquellas rentas lo suficientemente altas como para poder pagar por todos estos impuestos extra no verían afectado su estilo de vida.

Así, el movimiento degrowth se nos muestra como un movimiento pro-austeridad. Una suerte de Eco-Thatchnerismo de rostro amable dispuesto a revertir todos los derechos que han ganado los trabajadores durante décadas bajo el pretexto del clima. Pretexto que, como veremos, sólo sirve de coartada para mantener arriba a los de siempre en un momento en el las condiciones históricas que su propio sistema ha creado les ponen contra las cuerdas.

Por supuesto, muchos de los militantes y partidarios del degrowth, en su buena voluntad, afirman que sería posible realizar una distribución tal de la riqueza que permitiría mantener o disminuir muy levemente los estándares de vida de las clases populares (olvidan, supongo, al depauperado tercer mundo) al tiempo que se podría conseguir una de economía de mercado de crecimiento cero. Ocurre, sin embargo, que si dividimos la renta total mundial de tal forma que sea exactamente equitativa, y suponiendo que no habrá más crecimiento, a cada persona le corresponderían únicamente 5500$.2 Incluso con una redistribución a todas luces imposible de realizar el nivel de vida para las personas europeas decaería a niveles asombrosos.

La elección para los partidarios del degrowth parece la siguiente: O calentamiento global o depresión, crisis y miseria para la población mundial.

Aún asumiendo todas las consecuencias negativas… ¿Puede el decrecimiento parar el cambio climático?

La respuesta corta es no. Y los motivos son diversos, pero se pueden resumir en un punto fundamental: incomprensión de las estructuras económicas y las leyes que las rigen.

En primer lugar, y por simple que parezca, es que ni siquiera son capaces de comprender en qué consiste el crecimiento capitalista. Esto es, desconocen cómo se articula la acumulación. Así, confunden crecimiento con industria, acumulación con abundancia de valores de uso y sostenibilidad con ascetismo. Es que el crecimiento depende de la capacidad del valor, y más en concreto, del plusvalor, de reproducirse de manera ampliada. Y el valor, en tanto que medida del trabajo humano, es capaz de producirse independientemente de que el trabajo que lo genera se gaste en actividades que supongan un esquilme al medio ambiente o no. Es que la acumulación, y por tanto el crecimiento, puede sostenerse o incluso aumentar hasta cierto punto (y suponiendo una población constante) mediante el desarrollo del sector servicios, 3 mejoras en la tecnología, productividad por unidad de energía o mejores diseños industriales sin que esto perjudique de manera directa al medio ambiente.  En teoría. 

¿Estamos diciendo que el capitalismo es capaz crecer de manera sostenible? Tampoco.

Cuando el ecologismo afirma que hay que parar el crecimiento (capitalista, aunque no sean conscientes de ello) aciertan, aunque su análisis sea errado.

Pero por ahora continuemos discutiendo la otra vía de salvación planetaria.

Green New Deal… o lobby verde.

Los devotos del GND intuyen otra causa y en consecuencia proponen algo bien diferente: aquí el problema principal no es el crecimiento en sí, sino cómo se enfoca ese crecimiento. Así, la solución pasa por enfocar el grueso de las inversiones y proyectos hacia energías verdes.

Esta propuesta se hizo tremendamente famosa desde que la congresista Alexandra Ocasio-Córtez lo presentara a principios de este año.  Según ella misma, entre otras cosas, el GND se trata de hacer «una transición de nuestras infraestructuras para cambiar de combustibles fósiles sucios a energías renovables y limpias».

Se pretende descarbonizar completamente la economía en un rango de tiempo sorprendentemente corto y, al mismo tiempo, crear con todos los nuevos proyectos de inversiones «verdes» una masa de empleo suficiente como para reducir el paro a prácticamente 0.

De la misma, pretenden eliminar toda fuente de energía que no sea verde, pudiendo abastecer la población con fuentes de energía renovables. También se eliminaría toda aquella actividad manufacturera o industrial que emitiera gases invernaderos o contaminara. Sumado a esto, en EEUU se proponen combinar la propuesta con la promesa de garantizar sanidad y educación pública a todo el país.  Todo, recordemos, en un plazo de 10 años.4

Sin duda, parece una tarea titánica. Pero ¿Cómo se pretende realizar todo esto? Sus defensores lo tienen bastante claro: el Estado puede y debe incurrir en todo el déficit publico que haga falta para acometer estas tareas. ¿Hace falta dinero para pagar la sanidad universal generalizada? El Estado puede imprimir dinero y financiar la actividad. ¿Se requiere de trillones de dólares en infraestructuras para comenzar a hacer la transición verde? ¡sin problema! El Estado puede asegurarlo.

Es que la mayoría de los partidarios del GND son fieros defensores de una nueva teoría monetaria surgida a la luz de la gran recesión, la Teoría Monetaria Moderna (TMM) que, a grandes rasgos, y simplificando, defiende una endogeneidad del dinero según la cuál la producción sigue a las expectativas de beneficio, de tal manera que (y aquí viene la acrobacia lógica) el Estado, en tanto que monopolizador de la moneda de curso legal, es capaz de emitir moneda asegurando a través de su propia existencia la realización de los proyectos que con ella financie. ¡Cómo si el hecho de poseer la potestad de emitir la moneda te diera el atributo mágico de ser capaz de determinar su valor! Es que toda la praxis potencial del GND (a saber, su capacidad de financiar proyectos megalómanos que aseguren la ruta verde) se basa en una teoría económica incapaz de comprender el funcionamiento real del ciclo productivo y sus derivaciones monetarias en el capitalismo.

Pero asumamos, por un momento, que esto es posible. ¿Cómo pretenden implantar cualquier plan de transformación productiva radical con economías cuyas inversiones son mayormente privadas?

El ejemplo de Estados Unidos y España es bastante clarificador.

Es que un 90% de la inversión se produce desde manos privadas. A no ser que los ecologistas, defensores del movimiento interclasista por excelencia, pretendan asaltar el cielo y nacionalizar el entramado productivo de países (cosa que aún no he visto anunciar o insinuar por ninguno de los partidos verdes) resulta difícil imaginarse cómo piensan implementar sus ambiciosos planes, más allá de la evidente mascarada.

Fantasías neoclásicas.

Se argumentará entonces, al más puro estilo Jimeno Serrano, que la inversión privada puede encauzar perfectamente esta transformación productiva, con los incentivos y penalizaciones adecuadas. Si el utopismo de los eco-estatistas heterodoxos ya rebosaba toda cota imaginable, el de los economistas burgueses mainstream no se queda atrás.

Es que si los heterodoxos no comprenden la naturaleza del dinero, la ortodoxia no puede, por más que lo intente, comprender la naturaleza de la inversión. No cuenta con las herramientas conceptuales y analíticas apropiadas para ello. Ni puede, por su marcada naturaleza de clase (dominante), asimilarlas.

El argumento ortodoxo es sencillo y versa de la siguiente manera en su nivel más basal: permítase que los combustibles fósiles lleguen a tal nivel de escasez que su obtención resulte tan cara que la inversión y desarrollo de tecnologías verdes se convierta en la nueva normal del mercado con la misma naturalidad con que Venus emergió de las aguas. De entre los ortodoxos, sólo algunos, los más privilegiados, se dieron cuenta de que esto no tenía ni pies ni cabeza, y que su labor apologética requeriría de cierto nivel de sofisticación. Al menos el justo para no causar vergüenza. El relato prosigue de la siguiente manera: aunque atente contra la ley natural del sempiterno mercado, altérese el precio de los fósiles mediante una tasa o un impuesto para su producción y/o su consumo. Lo suficiente como para encontrar el precio correcto, aquel en el cual sea más rentable dejar de usarlos.

Este relato, por bonito, apetecible e inspirador que pueda parecer, tiene un pequeño inconveniente. No existe ese precio apropiado.

Es que la economía actual es increíblemente dependiente del uso de combustibles fósiles: minería, manufactura, calefacción, transporte, petroquímica, construcción, agricultura industrial o turismo, entre otros. Y, a su vez, establece una relación inseparable entre nuestra economía y la emisión de Co2. La electricidad y el calor representan el 27,5 por ciento de las emisiones de CO2; la industria, el 22 por ciento; el transporte, el 29 por ciento; la agricultura y la deforestación, el 20 por ciento.

Por muy altos que sean los inconvenientes que se pongan a la utilización de combustibles fósiles, no se puede esperar que una economía totalmente basada en su utilización vire hacia otro modelo productivo mediante mecanismos de mercado. Es que siempre, siempre, siempre, y dado que el principal factor que motiva la inversión es la tasa de ganancia,5 6será más rentable utilizar combustibles fósiles que investigar, invertir y desarrollar nuevas tecnologías que, además, posiblemente tengan menos competitividad  debido al alto precio que tendrían en mercado (por mucho que se intente paliar con subvenciones, por ejemplo).

Incluso asumiendo, en un alarde de imaginación, que las medidas de mercados implementadas por el gobierno tuvieran algún tipo de utilidad, es que no se está teniendo en cuenta otra problemática fundamental. A nivel global, los espacios de acumulación en sus fases avanzadas acaban por conformarse como estados-nación. Los Estados, sometidos a su propia dialéctica, necesitan armarse para sobrevivir y poder asegurarse soberanía e independencia frente al resto. Para ello gastan ingentes cantidades de dinero en armamento y defensa (terriblemente contaminantes, por otra parte, más allá de lo que nos pueda parecer desde consideraciones morales) y, además, necesitan imperativamente asegurar mediante las instituciones y políticas apropiadas el máximo crecimiento económico dentro de sus fronteras, para no verse superados. Desde el punto de vista de un Estado, reducir el consumo de combustibles fósiles significa, actualmente, una pérdida en competitividad y crecimiento económico. A eso ha de sumársele el hecho de que, si bien la problemática climática es global, no existe algo así como un único gobierno mundial, de forma que aunque algún Estado decida, por el bien del planeta, bajar su crecimiento, va a asegurarse que sus congéneres replican la acción. Así nos encontramos en una situación geopolítica en la que prácticamente ningún Estado del mundo adoptará medidas de forma unilateral para bajar el consumo de combustibles fósiles.

Es cierto que existen instituciones supranacionales que bien podrían actuar como especie de factor «cohesionador» de las diferentes burguesías nacionales, pero: 1- La capacidad de actuación de estas instituciones es limitada y 2- el alcance no es el suficiente.

Ya hemos dicho que el problema climático es global. ¿Existe realmente algún organismo capaz de actuar de forma efectiva a ese nivel? No. Incluso si la UE impusiera normas verdes a sus miembros, estos no podrían efectivamente acatarlas porque se encontrarían en una situación de desventaja para con China. Por cierto, el mayor emisor de gases de efecto invernadero a la atmósfera del planeta. Pretender que China abandone su modelo económico se enmarca fácilmente en el terreno de la política-ficción, pero es que además resulta éticamente inmoral. ¿Cómo se pretende obligar a los Chinos a abandonar aquello que les está ayudando a salir de la pobreza año tras año? Es que precisamente la forma de crecer que tienen los países en desarrollo es gracias a modelos basados en los combustibles fósiles.

Es cierto, China fue responsable del 24 por ciento del total de las emisiones mundiales en 2009, frente al 17 por ciento de Estados Unidos y el 8 por ciento de la eurozona. Pero cada chino sólo emite un tercio de lo que emite un estadounidense y menos de cuatro quintos de un residente de la zona euro. China es una economía emergente relativamente derrochadora, en términos de sus emisiones por unidad de producción. Pero todavía emite menos per cápita que los países de altos ingresos porque su población sigue siendo relativamente pobre. Es que obligarlos, en un mundo donde la competitividad y el bienestar están ligados al crecimiento, a reducir sus emisiones de CO2 sería una terrible injusticia.

Por último, la evidencia empírica muestra de manera clara que los mecanismos de mercado palidecen ante la actuación estatal para con los cambios de modelos productivos y las inversiones dirigidas a objetivos específicos. El mayor descenso histórico en la intensidad de emisión de Co2 ocurrió durante la nuclearización de la red eléctrica francesa, que se tradujo en un grado de reducción del 4,5% anual. Es importante resaltar que este proyecto fue un plan centralizado y del sector público que se llevó a cabo en los últimos días del consenso keynesiano de la posguerra, a finales de los años 70 y principios de los 80, antes de la imposición de la liberalización del sector energético europeo.

También me parece destacable el hecho de que la mayor descarbonización ocurrida hasta la fecha haya venido de mano de las nucleares. Remata y aleja la oscura pretensión de ciertos partidos izquierdistas y buena parte del movimiento ecologista de acometer una «desnuclearización». Desatendiendo, por cierto, al propio Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. O desnuclearización o descarbonización, elijan ustedes. El IPPC lo tiene claro: Para 2050, 3 de los 4 planes que contemplan para estabilizar las emisiones de CO2 y la temperatura global en un óptimo habitable prevén  hasta un 500% de subida de la utilización nuclear. En el único de los 4 en que no hay un aumento nuclear, se mantiene a los niveles actuales.

Por lo pronto, parece no habrá planeta sin nucleares.

La discusión sigue… y el tiempo se agota.

Pongamos de nuevo los pies en la tierra. Los partidarios del crecimiento, sean de un bando o de otro, parecen coincidir en algo. El progreso tecnológico capitalista resultará en una rápida bajada de emisión de CO2, lo que a la larga permitirá seguir creciendo de forma sostenible.

¿Es realista el argumento? Vamos a mirar una serie de datos.

Partamos de otra tabla del IPPC.

Para estabilizar las partículas de CO2 a 350 ppm, lo que ya traería graves consecuencias climáticas (un aumento de la temperatura de 2 a 4ºC), las emisiones fósiles totales en lo que queda de siglo (!) no deben sobrepasar el billón (español) de toneladas métricas. Es decir, tomando de referencia 2011 la emisión de CO2 por culpa de los combustibles fósiles se debía reducir a un 5,5% anual. Para 2050, una reducción total del 90% de emisiones. En un escenario mucho peor, a 450ppm (con un aumento de hasta 6 grados celsius), no se deberían exceder los 1,5 billones, lo cual supondría una disminución anual del 1,5%. 7

Consideraremos, a instancias del puritanismo que nos impone nuestra mojigata fisiología y la de tantos animales, plantas y bacterias que no podrían sobrevivir con una media de temperatura 6 grados mayor, que debemos ceñirnos a un tope de 350ppm.

Por desgracia, no sólo los combustibles fósiles emiten CO2. Actividades como la deforestación o el uso de tierra también tienen buena parte de la culpa. Así, la deforestación emite unos 5000 millones de toneladas métricas al año. Si se hubiera reducido a 1/3 anual desde 2011, en 2100 se habrían emitido 200mil millones de toneladas métricas, es decir, del billón total tan sólo nos quedarían 800mil millones disponibles. Pero es que tan solo en la primera década de los años 2000 se emitieron 300mil millones. Es que a ese ritmo, para 2030 se habrá alcanzado, únicamente con la deforestación, el límite de 1 billón de toneladas métricas de CO2 emisibles si se quieren estabilizar las ppm de Co2 a 350.

Para más inri, todas estas estimaciones se tomaron suponiendo la economía en el estado actual. Es que si añadimos un crecimiento del 3% anual (ya vimos que el CO2 y el crecimiento están íntimamente ligados), para compensar, la bajada anual de emisión de Co2 por fósiles debe situarse en nada más y nada menos que un 8,5%. ¿Qué clase de milagro tecnológico puede lograr esto? ¿Cómo esperan los fanáticos del solucionismo tecnológico que nuestros científicos sean capaces de inventar máquinas con semejantes capacidades, más teniendo en cuenta que cada año que pasa los porcentajes de sostenibilidad deben ser mayores para compensar? Es que, por mucho que exista algo así como un rendimiento creciente de la productividad marginal, no es cabal, de ninguna de las maneras, sostener la idea del crecimiento económico a largo plazo. Simplemente el planeta no puede con ello.

Ciencia ficción, de nuevo: imaginemos que reemplazamos cada año un 5% del capital fijo de la infraestructura energética mundial con nuevo material hasta un 50% menos contaminante e igual de productivo (esto, sin contar, por supuesto, todo lo que habremos contaminado para producir esa cantidad intente de infraestructura verde). Es que incluso en ese escenario a todas luces imposible, sólo conseguiríamos bajar un 2,5% de las emisiones anuales. Incluso en este utópico escenario.. ¡Habría que contraerse anualmente un 3% para alcanzar el 8,5% necesario de disminución de emisiones de CO2!

Pondré un par de ejemplos más: actualmente, cada persona australiana requiere de unas 8 hectáreas de tierra para mantener su nivel de vida. Si toda la población terrestre viviera igual, harían falta unas 10 tierras. De igual manera, si 9000 millones de personas consumieran la dieta americana, serían necesarias 4500 millones de hectáreas de cultivo (de las 1400 que alberga el planeta Tierra).

Por último: asumiendo que queramos reducir a la mitad los impactos ambientales, si para el 2050, a una media de crecimiento del 3%, los 9000 millones de personas de la tierra vivieran con el mismo nivel de vida, la producción debería ser 20 veces mayor (en las estimaciones más generosas, algunas llegan a admitir que debería ser más de 100 veces mayor). Es decir, para el 2050 se debería producir 20 veces más que hoy y contaminando (en neto) la mitad. Una reducción de factor de 40.

A la luz de estos datos creo que la conclusión se hace clara de por sí: es imposible defender la posibilidad de compatibilizar un supuesto crecimiento continuo con la supervivencia del planeta tal y como lo conocemos, ya sea amparándose en cambios del modelo productivo hacia el sector servicios (como si este no contaminara) o mediante una especie de milagro tecnológico que, obviamente, no llegará. No a tiempo. Y, dado que el capitalismo tiene, por ley interna, la necesidad de crecer, de reproducirse a escala ampliada sin límite, el silogismo se torna inmediato: no es posible compatibilizar la solución a la crisis climática con la existencia de capitalismo. Pero aclaremos esto un poco más.

El ecologismo capitalista no es una solución.

Cuando afirmo que el ecologismo no es una solución, no lo hago a modo de pulla o para llamar la atención. Es que el ecologismo, como movimiento encuadrado dentro de los límites del capitalismo y del mercado, no puede ser el vehículo que articule una salida a un problema del cual es partícipe.

Pudiera parecer, después de la crítica a los ideólogos del crecimiento, que la opción del Degrowth es la correcta. Pero nada más lejos de la realidad. Es que el ecologismo, y el degrowth en particular, al no valerse del marxismo como herramienta científica de análisis y comprensión, al ser netamente burgués, no puedes más que errar en su análisis. Así, no ve el problema en la producción anárquica e irracional del mercado, sino en el crecimiento.

Tratar, como pretenden desde el Degrowth, de acabar con el crecimiento al mismo tiempo que se mantienen todas las antiguas estructuras políticas, ideológicas y económicas constituye un idealismo de primer nivel. Es que no se puede estar en misa y repicando. El capitalismo se distingue de otros sistemas por su necesidad de producir valor, es decir, de arrojar masas de trabajadores al mercado laboral con el único objetivo de conseguir esa determinación social que es el trabajo abstracto. Y no sólo eso, sino que además el capital necesita revalorizarse constantemente, por lo que no sólo se trata de un sistema de producción de valor, sino de plusvalor. Esto se traduce en una mecánica de reproducción ampliada: la plusvalía conseguida se reinvierte para explotar más obreros que generan más plusvalía. Es que es un imperativo para cualquier capitalista hacer esto, puesto que la otra institución consustancial al capitalismo es la del mercado. Y aquí los capitalistas se ven obligados so pena de muerte a valorizarse constantemente y a mantener una competitividad alta. De lo contrario la competencia los barrerá de la existencia en tanto que capitalistas.

Es por esto, entre otras cosas, que se hace absurdo pretender decrecer bajo un sistema cuyas leyes de funcionamiento exhortan al crecimiento. Es que ante tal situación la quiebra y la miseria se convertirían en norma. Eso suponiendo, claro, que los diversos capitalistas permitieran que la situación llegara a ese extremo; situación que haría caer en quiebra a más de uno y de dos de los de su clase. Y eso es mucho suponer.

Ya Engels, hace más de 130 años, alertaba de los riesgos ecológicos que podía suponer un sistema para el cual la naturaleza no es más que un medio de valorización de capitales acumulados: «En el modo de producción actual y por lo que respecta tanto a las consecuencias naturales como a las consecuencias sociales de los actos realizados por los hombres, es evidente que lo de manera primordial interesa son solo los primeros resultados, los más palpables. Nada más lógico, pues, que luego surja el asombro a la vista de cómo- En muchas ocasiones- las consecuencias remotas de las acciones que perseguían esos fines son muy distintas y, en la mayoría de los casos, hasta diametralmente opuestas a lo esperado.»

De la característica innata de la reproducción ampliada se puede derivar otra consecuencia: ninguna mejora de la productividad se usa (ni ha sido históricamente usada) para reducir el impacto ambiental, sino que sus únicos fines son el aumento del mercado disponible. Esta dinámica es fácilmente observable con un ejemplo: Una empresa A produce, con X recursos (que son todos a los que puede acceder), B mercancías que vende en el mercado. Es que si esa empresa inventa un método mediante el cual es capaz de producir una unidad de producto con la mitad de recursos, jamás, bajo el imperativo de la competencia, se utilizará esa ventaja tecnológica para producir B mercancías utilizando X/2 productos. La empresa seguirá ocupando su cupo de recursos X, para producir B2 mercancías. Insistimos, la solución climática no puede pasar por el capitalismo.

En última instancia, se confunde la relación de jerarquía entre producción y consumo, olvidándola e incluso invirtiéndola. No es que vivamos en una sociedad de consumo que avala una producción desmedida, es que una producción desmedida intenta por todos los medios crear una sociedad que permita consumir todas sus excreciones.

Malthus de nuevo.

Marx y Engels, en su tiempo, lucharon contra la idea malthusiana que predominaba en la aristocracia inglesa de su tiempo según la cual la causa de muchos problemas sociales encontraba su origen en la superpoblación. La solución propuesta por estos aristócratas pasaba, en muchos casos, ni más ni menos, por el exterminio de masas y masas de pobres con el fin de restablecer el orden natural. Hoy Malthus, revestido, vuelve a aparecerse en las consciencias de nuestros intelectuales.  De la misma manera en que los malthusianos confundían los límites relativos y absolutos de la población, así lo hacen los ecologistas del degrowth con los límites de la producción. Es necesario saber distinguirlos. Los límites relativos son un fenómeno intrasocial, los absolutos una posibilidad relacionada con la dependencia de la sociedad en su conjunto de los ecosistemas de la biosfera y de las materias primas no regenerables imprescindibles para la producción. Los decrecentistas confunden ambas cosas, suministrando así una ideología que sirve cuanto menos para la estabilización del sistema capitalista, si no para algo peor.

Parafraseando a Wolfgang Harich: Como Malthus, los ecólogos del degrowth cometen el error de atribuir situaciones socialmente negativas, explicables sólo en base a las contradicciones del modo de producción capitalista, a un factor externo, en este caso, el crecimiento. La respuesta que venimos dando en este artículo es que eso es esencialmente falso, que el problema no es con una característica particular del sistema (el crecimiento) sino con el sistema en sí. De esta argumentación, que es correcta, no se sigue sin embargo que el crecimiento pueda continuar indefinidamente. Nadie sopese, incluso con un optimismo extremo, que es posible aumentar hasta el infinito la producción terrestre. O, por ejemplo, aumentar hasta el infinito los rendimientos por hectárea de la tierra, de forma que siempre se podrá alimentar a una población creciente.8

Es que efectivamente existe un problema intrasocial de crecimiento, agravado, del que el capitalismo es plenamente responsable. Pero que este problema social sea en algún momento eliminado no hará desparecer como por arte de magia la barrera natural del crecimiento, delimitada por las capacidades productivas del planeta. Es necesario, en cualquier sociedad, regular la producción y el consumo.

Un gran problema asociado a esta concepción malthusiana del degrowth, que no cuestiona el capitalismo, es que, de propagarse la exigencia de detención del crecimiento sin la exigencia simultánea y tanto o mas enérgica de realización de transformaciones sociales, es posible que dicha exigencia se convierta en un instrumento ideológico de la reacción destinado a desviar la atención de las masas de las causas, inherentes al sistema, que generan la sobreproducción relativa… o incluso que se acaben proponiendo pseudosoluciones fascistas del problema del tipo, por ejemplo, del genocidio del tercer mundo.9

Política y dominación.

Que, como decíamos al principio del artículo, el ecologismo se ha convertido, junto al feminismo, en el principal factor de movilización de masas y un potente contendiente político, que ya disputa los primeros puestos parlamentarios en muchos países europeos, no es un misterio para nadie. Toca, ahora, profundizar un poco en la naturaleza política de esta corriente.

Y es que para ello quizás deberíamos comenzar con su último gran éxito: la «huelga» mundial por el clima convocada el pasado 27 de septiembre, con enormes datos de participación a lo largo de todo el mundo. O no tanto.

Es que si atendemos a las imágenes, a la difusión y asistencia a manifestaciones, se trata de los eventos que más masas han movilizado de los últimos años. Sin duda, ayudó el hecho de que se convirtiera en un evento quasi oficial, prácticamente una celebración de Estado. Casi todos los grandes medios informativos, la aristocracia cultural o incluso muchas grandes empresas lo apoyaron.

No es extraño encortar este tipo de imágenes (1)

O las siguientes declaraciones de personas responsables de la destrucción, bombardeo y masacre de países enteros (¿Cómo de eco-friendly es el uso de armas de destrucción masiva sobre población civil en base a intereses petrolíferos?).

Pero ¿No es extraño encontrar apoyo de este tipo de personas hacia una huelga? Desde luego, constituiría el primer ejemplo mundial. Históricamente desde gobiernos y patronales siempre se ha venido criminalizando, cuando no reprimiendo con fiereza, toda movilización popular con intenciones de realizar una huelga.

La solución al paradigma es simple: es que la llamada «huelga mundial por el clima» no fue tal. Los datos de participación de absentismo laboral fueron exiguos. Los sindicatos apenas se movilizaron en ese sentido. Los horarios de huelga, cuando más, se establecieron en unos pocos minutos o apenas una hora. La propia manifestación se colocó temporalmente de forma que perjudicara lo menos posible al normal desarrollo de las actividades laborales. Es que en esta situación no es extraño observar el apoyo de las capas más privilegiadas de la sociedad. Lo que uno implora, por lo menos, es que se dejara de incurrir en este terrorismo etimológico y que de ahora en adelante se respetara el lenguaje. Lo vivido el pasado 27 de septiembre no fue una huelga. Llamarlo así, como veremos, es parte del proyecto de reacondicionamiento ideológico de las clases dominantes, parte de la intención de hacer perder a las masas todo resto de conciencia de clase.

Se discutirá que si de verdad la «huelga» del 27 de septiembre no intercedía en absoluto con los ánimos de las élites, cómo puede ser que desde ciertos sectores hubiera una oposición frontal o incluso haya negacionistas declarados sentados en el sillón de la Casa Blanca. Es que es un error caer en el viejo dogma izquierdista según el cual las élites son un ente homogéneo. Los capitalistas establecen entre sí una pugna económica, política e ideológica. Lo que aquí se afirma es que una parte lo suficientemente gruesa de las capas altas no mostraron disconformidad con lo sucedido.

Para terminar de confirmar aquello basta con revisar qué hay detrás de Greta, el principal símbolo de las protestas. Como bien se cuenta en este artículo, que Greta exista es posible gracias a la acción de diferentes burguesías de varias partes del mundo que le han brindado su apoyo incondicional. Ninguna niña se hace famosa de la nada. O, mejor formulado: Greta, más que recibir apoyo, ha sido creada por y para sus intereses.

¿Cuál puede ser el motivo de todo esto? Dado que el espacio de acumulación y las condiciones históricas, sociales y materiales que el modo de producción capitalista requiere están comenzando a desaparecer por el propio desarrollo de sus potencialidades, dado que se están agotando sus capacidades de persistir como sistema totalizador, ahora sólo lo verde puede erigirse como última opción, último cartucho de posibilidad de mantenimiento de lo existente. Es que la progresista burguesía verde es la que, en última instancia, tiene la suficiente amplitud de miras como para intentar garantizar(se) los mecanismos para poder reproducirse en el tiempo en tanto que clase, aún a la costa de sacrificar grandes ramas de la producción. Es que es, ante esta situación de desorden, de crisis, cuando la opción verde se presenta como salvaguarda de los valores capitalistas, asegurando ser el chaleco salvavidas ante lo venidero, la opción «pragmática».

Los partidos verdes, la burguesía ilustrada, le tiene pánico al desorden, como vemos, y prefiere incluso sustituir su aparato económico actual a fin de mantener el político, su herramienta de dominación, y evitar así la crisis social. Desde el movimiento por el cambio climático no se pretende concienciar a las masas, sino convencer a las élites de que su mundo se acaba si todo sigue como sigue. Que el paro, las hambrunas, las inclemencias climáticas o las sequías podrían llevar a consecuencias que podrían llegar a suponer un riesgo para el mundo burgués: insurrecciones populares.

Así, la idea es establecer una transición pacífica mediante la aplicación de tarifas, impuestos o restringiendo el uso de bienes mediante las instituciones actuales.

El decrecimiento permuta en el último caballo de Troya del reformismo. Como banalizador de protestas y conflicto, se convierte en un arma ideológica de dominación.

Cabría preguntarse cómo se puede esperar que el diagnóstico y la receta vengan de los medios intelectuales y materiales que han servido para edificar este mundo amenazado de ruina, este gigante con pies de barro.  El símil más apropiado al fenómeno «Thumberg» sería algo así como visualizar una campaña en contra de la prostitución y la trata de blancas protagonizada por nuestro excelentísimo rey emérito. Surrealista ¿verdad?

Al final, el mayor punto de encuentro entre todo el espectro del movimiento por el climático es el no cuestionamiento de lo establecido, de la explotación, del mercado. Una vez asumido que la tendencia a la destrucción natural no puede evitarse en un sistema de producción de valor, se vuelve cristalino que sólo el socialismo es capaz de postrarse como herramienta útil, poniendo en el foco de la producción la satisfacción de las necesidades humanas y haciéndola compaginable con los requerimientos ecológicos. El movimiento ecologista, en tanto que capitalista, se torna una profundización de la barbarie. Un paso más del capital para instalarse en el corazón mismo de todas las relaciones sociales. Una forma de integrar cada elemento del mundo en el proceso de valorización, de pacificar el conflicto para aprovecharlo mercantilmente. Es decir; se pretende prolongar la catástrofe. Con cada paso que este movimiento avanza, todas aquellas personas realmente comprometidas con la salud del planeta retroceden 2 pasos en su objetivo de garantizarnos un sistema estable y respetuoso. Al final del día, la movilización por la movilización, encaminada sin una independencia ideológica y política clara con respecto a nuestros siervos, se convierte en la práctica en una opción de refuerzo de posiciones ajenas que son, en definitiva, intereses de la burguesía.

Huelga decir que cualquier intento de establecer algún tipo de cambio significativo en el modelo de producción y consumo pierde el sentido cuando no se asume la fractura social y el choque y enfrentamiento de clases que este necesita para poder aplicarse, ya que, necesariamente, y por enésima vez, la solución climática debe pasar por la abolición de la anarquía de la producción. Es que esto último no puede nacer del consenso, sino de la imposición violenta de unas condiciones que hagan claudicar al capital.

El ecologismo, que se entrona como única propuesta sensata capaz de terminar con la barbarie productivista, nos dice -«O nosotros o el caos». Pues bien, todo parece apuntar a que serán ellos. Y el caos.

Citando literalmente a Miguel Amorós: “(La clase dominante) ha conseguido que sus contradicciones no se traduzcan en conciencia antagonista, y que muchísimos la consideren parte de la solución. Un montón de ideólogos y activistas trabajan gratis y a destajo en pro de una domesticación alternativa, un alterconformismo, con el objeto de que jamás cristalice en los conflictos una crítica coherente de la dominación que, revelando su verdad, ayude a conformar un sujeto revolucionario.” Sujeto que es el único realmente capaz de encontrar una solución al problema.

La conclusión de Miguel es plenamente compartida por el que les escribe: “La batalla contra los ideólogos y sus expectativas adormecedoras tendría que ser forzosamente la primera en librarse”.10

A ello se trata de contribuir con este artículo.

¿Existe solución?

La respuesta es inmediata. Dentro de los límites del mercado: no. Pero ¿Existe mundo fuera del mercado? Sí, el socialismo y la planificación democrática de la producción. Es que sólo mediante el acuerdo conjunto de la sociedad para con qué se produce, cómo y con qué objetivos; sólo desechando el corsé que subyuga la producción a la obtención de valor y reorientando toda actuación humana hacia la satisfacción de las necesidades, será posible convivir en un mundo realmente respetuoso con la naturaleza.

Debe parecer obvio que la economía, en tanto que ciencia que estudia la forma en que las sociedades se abastecen a sí mismas de medios para poder reproducirse en el tiempo, nunca deja de ser social. Y que, por mucho que se intente hablar de economía privada, esto jamás se vuelve una realidad, porque incluso en el sistema más privatizado del mundo toda empresa hace uso de un bien colectivo, esto es: la biosfera. Es por ello que un sistema de producción basado en la propiedad colectiva es más apropiado para los requerimientos de nuestro mundo.

Es, además, el único sistema que permite al ecólogo y a la ecología el pleno desarrollo de todas sus potencialidades. Es que se posibilita la compatibilización de la ecología, el estudio de las relaciones de la biosfera y el mundo físico entre sí y entre ellos, con la orientación de estos conocimientos para el aprovechamiento humano. Y es que esto sólo es posible en tanto que la forma en que nos proveemos los recursos no dependa de la ferocidad de la competencia y la decisión de manos privadas.

Únicamente mediante el socialismo podemos hallar una salida socialmente justa y democrática a los problemas de redistribución de la riqueza actual ¿O como se pretende acabar con la superproducción de Co2 de China sin que esto acabe en una desgracia para cientos de millones de chinos? ¿Cómo se podría si no fuera a través del socialismo acabar efectivamente con la superproducción mundial, i,e, decrecer, de forma que esto no se traduzca en austeridad y miseria para las masas trabajadoras?

En definitiva, me gustaría terminar el artículo con un llamamiento a todos aquellos que, en su buena voluntad, pretendan de una forma sincera asegurarse a ellos y a las generaciones venideras un planeta digno, habitable, limpio.

La proclama dice así:

«Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia;

Conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo;

Organícense, porque necesitaremos de toda nuestra fuerza»

Pero tengan en cuenta que la magnitud de sus reivindicaciones y sus consecuencias son mucho mayores de lo que sus líderes les intentan hacer creer.

Bibliografía.

1: https://thenextrecession.files.wordpress.com/2018/10/inexorable-march-toward-utter-climate-disaster-f-1.pdf

2: https://www.opendemocracy.net/en/oureconomy/degrowth-delusion/

3: https://nadaesgratis.es/jose-luis-ferreira/los-enganosos-limites-del-crecimiento

4: https://www.congress.gov/116/bills/hres109/BILLS-116hres109ih.pdf

5: https://thenextrecession.wordpress.com/2018/03/07/unam-1-the-profit-investment-nexus/

6: https://thenextrecession.wordpress.com/2017/06/07/cycles-in-capitalism-a-critique-of-the-long-depression/

7: https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/0486613410395896

8: Este párrafo es una transcripción casi literal de un texto encontrado en http://archivo.juventudes.org/textos/Wolfgang%20Harich/Comunismo%20sin%20crecimiento.pdf, pero cambiando sus alusiones a la sobrepoblación por sobreproducción.

9: Ibid.

10: Miguel Amorós. Geografías de combate. Recogido en https://kaosenlared.net/la-liebre-gato/

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