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Necesitamos un urbanismo socialista y feminista. Socialista, en tanto capaz de movilizar tiempo y recursos de forma planificada para objetivos que desbordan la rentabilidad. Feminista, en tanto consciente y comprometido con la superación efectiva de la división sexual del trabajo.

«Actualmente, para las mujeres negras y para todas sus hermanas blancas de clase obrera, la idea de que la carga del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos pueda ser descargada de sus espaldas y asumida por la sociedad contiene uno de los secretos milagrosos de la liberación de las mujeres. La atención a la infancia y la preparación de la comida deberían ser socializadas, el trabajo doméstico debería ser industrializado, y todos estos servicios deberían estar al alcance de las personas de clase trabajadora» 

(Angela Davis. Mujeres, Raza y Clase. 1981. Capítulo XIII)

La mayoría de feministas socialistas, anarquistas y radicales del siglo XX creían que la supresión definitiva de lo que ahora llamamos patriarcado era indisociable de la superación de la economía doméstica privada o individualizada. Hoy, sin embargo, estos debates han desaparecido del mapa político. Helen Ester, apoyándose en Dolores Hayden y haciendo un uso original del conocido concepto de Mark Fisher, denomina a esta situación realismo doméstico. El diseño espacial del hogar aislado en el que las tareas domésticas son —en teoría— responsabilidad bien de los adultos de la familia nuclear bien de sus criadas, se ha vuelto tan aceptado y común que nadie parece capaz de imaginar que podamos vivir de otra manera.[i]

Desde luego, esta ausencia de radicalidad no es problema exclusivo del feminismo. La tendencia socialista está de capa caída en general. Hasta hace bien poco, nadie en la izquierda parecía tomarse en serio nada que no fuese intentar salvar los muebles de una socialdemocracia zombie.[ii] No fue sino hasta los últimos años que asistimos a una oleada de investigaciones sobre la posibilidad de una planificación socialista de la economía superadora de los errores del siglo pasado.[iii] Los mercados, el dinero y la propiedad, pese a décadas de bombardeo mediático y académico, vuelven a ser cuestionadas.

La intención de este breve artículo es intentar transmitir las potencialidades que estos nuevos debates tienen para la causa feminista, así como a reavivar investigaciones más profundas sobre esto. El cibercomunismo plantea que las economías planificadas podrían hacer eclosionar formas alternativas de organizar la reproducción social, lo doméstico, los cuidados. Tras un breve repaso de la historia de iniciativas similares, intentaremos explicar cómo. Pero antes necesitamos una breve introducción que recuerde la relevancia de estas cuestiones.

I

¿Por qué razón íbamos a querer cambiar la forma en la que funcionan nuestras casas? Si no somos capaces de responder a esta pregunta, este escrito carecería de sentido. El feminismo socialista hace tiempo que viene desmitificando nuestros hogares y explicando que en estos, además de amor filial, hay jerarquías y dinámicas de dominación explícitas e implícitas.

El capitalismo tiene como principal fuentes de riqueza a los ecosistemas y a la compra-venta de fuerza de trabajo. Pero esta última no aparece sin más como los champiñones.[iv] Necesita protección, alimento, atención y educación; es decir, de cuidados, para desarrollarse y recuperarse. Estas tareas son en parte realizadas hoy por las escuelas e institutos, pero sobre todo por el entorno familiar privado, el cual ha estado históricamente caracterizado por una división sexual del trabajo en el que las mujeres (madres, abuelas, hermanas, etc.) se encargaban de los cuidados y los hombres trabajaban para traer ingresos a casa.[v] Tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y la entrada de las mujeres al mundo laboral, esta estructura se trastocó pero conservó su forma esencial: además de sus nuevos empleos, las mujeres han seguido cargando con las responsabilidades domésticas dando pie al fenómeno de la doble jornada. Llegan de trabajar y comienzan a hacer la comida, poner lavadoras, atender al resto de familiares, limpiar, etc. Todas estas actividades son infravaloradas e invisibilizadas. Rara vez se les reconoce mérito, pero todo el mundo nota cuando faltan.[vi]

Esta situación es sobrellevable para las rentas altas y medias, ya que pueden pagar por asistentas privadas, residencias de ancianos, guarderías, etc., pero es un auténtico drama para las familias obreras, en las que las madres y las abuelas se desviven por llevarlo todo hacia delante. Las campañas culturales de la izquierda y otras iniciativas legislativas que equiparan las bajas por maternidad y paternidad han ayudado a coimplicar a los hombres en estas tareas, pero no garantizan una distribución equitativa efectiva, y lo que es peor, dejan intactos los problemas que la economía doméstica individual genera a nivel social.

Lo que distintas teóricas han atinado en denominar crisis de los cuidados es un problema social a escala mundial que genera un sufrimiento incalculable en la población.[vii] Subsanarlo es algo que debería importar a cualquiera. Y es que la economía doméstica privada es una institución extremadamente ineficiente en el uso de tiempo y recursos, incapaz de adaptarse a las reestructuraciones demográficas que se están dando. La caída en picado de la natalidad, ligada a las dificultades vitales para conseguir una estabilidad laboral, ha provocado un envejecimiento generalizado de la población. Los padres y madres combinan dobles jornadas de cuidados y horarios laborales cada vez peor pagados que derivan en estrés crónico y desatención intermitente de los que necesitan ser cuidados. Al no poder pagar servicios privados de asistencia, niños y ancianos sufren una soledad forzada con graves consecuencias psicológicas. El caso de la tercera edad es especialmente preocupante, ya que el deterioro de las pensiones públicas hace aún más deprimente su situación.[viii]

Como decíamos al principio, esto lleva denunciándose por parte de los sectores más radicalizados del feminismo desde hace más de un siglo. Autoras tan dispares en el tiempo y espacio como son Aleksandra Kolontái —aunque ella no se consideraba «feminista»[ix]—, Shulamith Firestone[x] o Savvina Chowdhury[xi] han teorizado sobre la necesidad de organizar comunalmente lo doméstico; de socializar los cuidados. Si bien esto no limpiaría de un plumazo el resto de problemas que el feminismo aborda, haría mucho más fácil y efectiva sus campañas culturales.

II

Pese a la desmemoria que hoy sufrimos, lo cierto es que ha habido múltiples intentos históricos de socialización de lo doméstico. Como podrá apreciarse todos han ido ligados a experiencias de planificación socialista en los que la reconfiguración del urbanismo y la arquitectura de interiores ha jugado un papel clave.

En el siglo XIX, diferentes sucesoras owenistas y foueristas de lo que se conoce como socialismo utópico diseñaron modelos de viviendas en los que experimentaban formas distintas de gestionar las labores del hogar. Una de las mejores lecturas que hay a este respecto es The Grand Domestic Revolution, de Dolores Hayden, en la que se narra la experiencia concreta de EE.UU con este tipo de iniciativas.[xii] Las «feministas materialistas» que se mencionan en el libro son las primeras en plantear que la transformación espacial del hogar daría lugar a un tipo de vivienda mucho más equitativa y sofisticada, tecnológica y estéticamente, que la típica vivienda burguesa victoriana. Las lavanderías y cocinas bien equipadas de los hoteles y otros espacios comerciales ejemplificaban para ellas la posibilidad de optimizar su trabajo, por lo que promocionaron la formación de comunidades de entre cincuenta y quinientas personas en bloques de apartamentos, grandes hostales y fincas rurales.

Plano del primer piso de la vivienda común construida por la Comunidad Oneida, Kenwood, Nueva York, 1861-1878: 1, oficina y guardarropa; 2, sala de recepción; 3, biblioteca; 4, sala de estar inferior; 5, dormitorio individual; 6, dormitorio compartido; 7, cuarto de habitación; 8, salón o taller; 9, taller; 10, comedor; 11, comedor adicional; 13, 14, salas de estar; 15, cocina de la guardería; 17, guardería; 18, 21 22, pasillos; 19, vestíbulo; 23, porche, 24, torre.

En estos nuevos falansterios las tareas domésticas solían rotarse, obteniendo derecho a una parte del salario de los integrantes que trabajaban fuera del entorno comunitario. Se ha llegado a hablar de la existencia de entre unas 2000 y 3000 comunas de este estilo a lo largo de la historia de los EE.UU.[xiii] Muchas de las cuales tenían impronta religiosa y la siguen teniendo, otras son asimilables al movimiento hippie y otras son algo así como «nidos» para cooperativas de trabajadores. De hecho, el intento de crear microislas de emancipación pervive hoy en los proyectos de las denominadas «ecoaldeas», en las que se intenta usar la denominada low tech para estos fines.[xiv] No obstante, el principal problema de estos planteamientos es que carecen de una proyección sociopolítica amplia y pecan de ser el plan de vida personal de unos pocos activistas. La mujer obrera tendría que esperar a la menos idealizada pero más efectiva experiencia del «socialismo real» para hablar de iniciativas a gran escala.

(a) Mansión de la Comunidad de Oneida, Nueva York. (b) Colonias de Amana, Lowa. (c) Comunidad Hancock Shaker, Massachusetts. (d) Comunidad Twin Oaks, Virginia.

En los comienzos de la Unión Soviética, y mayormente debido a la influencia del Jenotdel (Departamento de Mujeres trabajadoras y Mujeres Campesinas) liderado por Aleksandra Kolontai e Inessa Armand, la liberación de la mujer tomaría un lugar central en la política bolchevique. Con este fin, imaginaron una sociedad en la que los comedores comunitarios, las guarderías y las lavanderías públicas reemplazarían el trabajo no remunerado de las mujeres en el hogar. Como detalla Wendy Goldman en Women, State and Revolution, las mujeres del Jenotdel se dispusieron a reformar la sociedad mediante leyes que a veces chocaban con la realidad material, en especial con las estructuras tradicionales del campesinado soviético ya que, por ejemplo, las nuevas leyes de divorcio diseñadas para la vida en ciudades no contemplaban adecuadamente el estatus de la propiedad campesina en común.[xv]

Una de las ideas más llamativas de la época, e impulsada por Kolontai, fue la socialización del cuidado de los pequeños y, en particular, de los huérfanos dejados por la guerra, conocidos como besprizornost. Kolontai veía la socialización de cuidados como parte de su programa para constituir una forma superior de familia, y estos centros parecían indicados para ser el primer paso. A pesar de la destrucción de la guerra y de la falta de recursos, se construyeron numerosos centros de cuidado, donde se llegó a dar cobijo (aunque en condiciones bastante lejos de lo ideal) hasta a un cuarto de millón de huérfanos. Con la llegada de la Nueva Política Económica en 1922, se cerrarían muchos de estos centros debido a la falta de fondos y se vería su impacto real: sin estos centros, muchas madres no podían cuidar de sus niños y trabajar al mismo tiempo. Las mujeres casadas se quedaron en casa, reintroduciendo la dependencia del salario de sus maridos. Y muchas madres solteras o viudas de guerra se verían obligadas a abandonar a sus hijos a las calles al no poder combinar las tareas domésticas y laborales.

En 1930, el Jenotdel sería abolido, ya que la cuestión feminista fue (erróneamente) catalogada como solucionada al considerarse que la eliminación de la propiedad privada, combinada con las nuevas instituciones del estado, había solucionado los problemas que afrontaban las mujeres. Aunque los derechos de las mujeres sufrirían otro retraso con la entrada en vigor del código de la familia en 1936, las medidas del «estado de bienestar» soviético, luego extendidas a otros países del bloque socialistas, facilitarían la vida de las mujeres y permitirían su incorporación al trabajo aliviando la doble carga. Sin embargo, como escribe Kristen Ghodsee en Second World, Second Sex, esta no llegaría a desaparecer, o a ser cuestionada culturalmente. Todavía se esperaba que fueran ellas las que se ocuparan de las tareas del hogar en los países socialistas, y la cuestión feminista sería de poca importancia en casi todos los países del bloque excepto en Bulgaria, donde había una organización femenina de masas que tenía relativa independencia del partido comunista y publicaba un periódico donde se discutían las preocupaciones de las mujeres.[xvi]

Paralelamente, la República Popular China llevó a cabo su propio camino. Durante el primer periodo maoísta, la colectivización de la reproducción social se llevó a extremos que no se replicaron en otros países, en especial en las comunas agrícolas. Uno de los objetivos de la construcción de las comunas era la liberación de las mujeres del trabajo doméstico, y para ello se volverían comunitarias muchas de las tareas desempeñadas por ellas como la educación, los cuidados de los menores y la preparación y distribución de comida. Esta última medida, fue hecha posible mediante la apertura de en torno a 2.6 millones de comedores comunes, donde en general la gente podía presentarse y comer lo que quisiese. Este experimento utópico no sobrevivió mucho tiempo, y tristemente ahora las cantinas son conocidas como una causa de la hambruna de 1958-9. Esto se debe principalmente a que se centralizó la distribución de comida en manos de poca gente, y debido a una implementación y gestión defectuosa se agudizó la mala situación existente durante el Gran Salto Adelante, combinada con malas cosechas en un país ya pobre y hambriento. A pesar de la insistencia de Mao, los comedores comunales serían desmantelados a principios de los sesenta.[xvii]

Un comedor de la comunas populares.

De este periodo quedarían muchas instituciones que aliviarían la carga de la reproducción social, mayormente soportada por las mujeres. Durante la Revolución Cultural, un segundo periodo utópico daría un renovado ímpetu a las medidas colectivistas, expandiendo la sanidad pública en un país donde era prácticamente inexistente, aunque el mayor foco de este periodo sería el de derribar las barreras culturales que ligaban a la mujer a los trabajos domésticos y la impedían realizar muchos oficios. Para ello se promulgarían medidas como las bajas de maternidad y se abrirían muchas escuelas.[xviii] Muchas de estas medidas serían revertidas al final de la década de los setenta, con las reformas de Deng Xiaoping.[xix]

Trabajadores preparando la comida en una comuna china.

III

Aun cuando las experiencias mencionadas supusieron avances notables en la situación de la mujer, presentaron serias limitaciones e inconvenientes. Las islas de socialismo de los utópicos cayeron en el olvido de su propio aislamiento. Los esfuerzos de la URSS por desarrollar servicios públicos para las mujeres fue encomiable, pero aun cuando les facilitó mucho más la vida que a sus homólogas occidentales, no terminó de asegurar una repartición efectiva de las tareas domésticas. Las comunas agrícolas de la China maoista intentaron atacar la raíz de estos problemas de manera mucho más radical, pero en su intento se pasaron de frenada y gernaron formas de vida quizás demasiado intrusivas y poco compatibles con las exigencias de privacidad que hoy entendemos como básicas.

Pese a todo, vías intermedias pretenden aportar lo mejor de los dos mundos. En 1993 Paul Cockshott y Allin Cottrell publicaron Hacia un Nuevo Socialismo, una obra sistemática en la que se exponen los fundamentos técnicos e institucionales de una planificación socialista de la economía actualizada por las nuevas tecnologías digitales.[xx] En el capítulo 12 titulado La Comuna plantean que el cibersocialismo y el feminismo podrían confluir en la lucha revolucionaria debido a las posibilidades que la economía planificada ofrece para la proliferación masiva de comunas urbanas. ¿Qué son y por qué deberían interesar a la causa feminista?

Las comunas urbanas son estructuras arquitectónicas en las que se combina la socialización de las labores domésticas a través de comedores, lavanderías, guarderías y servicios de limpieza comunales, etc. con pisos y habitaciones individuales en las que las familias y sus integrantes disponen de toda la privacidad que necesiten. Sus potencialidades son varias.

En primer lugar, al asignar las labores a un grupo reducido de personas, profesionalizándolas o rotándolas entre los miembros de la comunidad, se asegura un golpe mortal a la división sexual del trabajo, discriminadora de las mujeres. Dicho de otra manera, al garantizar que la mayor parte de tareas como la limpieza y la cocina la realizan agentes comunales ajustados a los criterios de esa comunidad aseguramos que este trabajo no termine recayendo en nuestras madres y abuelas.

En segundo lugar, disfrutamos de los maravillosos beneficios de las economías de escala. Es mucho más eficiente en términos de tiempo y recursos que una persona cocine para cien personas que cada una de esas cien cocine para sí misma. Asimismo, las escalas grandes permiten la aplicación de criterios científicos y tecnológicos con mayor facilidad. Al socializar el menú, por ejemplo, podemos asegurarnos que los integrantes de la comuna accedan a una dieta equilibrada, así como de invertir en instalaciones mejores que no podrían costear individualmente. Puede parecer que esto reduciría la libertad de decisión de cada cual, pero la clave de esto es que cada comuna urbana decidiría por sí misma cómo concretar las recomendaciones públicas de sanidad y usabilidad. Volviendo al ejemplo de la cocina, hay cientos de miles de posibles recetas que podrían ser válidas y no hay razón alguna para no ofrecer varias opciones el mismo día.

La infancia y la tercera edad se beneficiarían del espacio comunal aun con la caída de la natalidad, ya que, al optimizar la gestión de las tareas, se dispondría de más tiempo para atenderlos, y lo que es más importante: al generar espacios comunales de ocio y supervisión, aseguramos un acompañamiento, desde la cuna hasta la tumba, de toda la vecindad, con lo que se desarrollarían relaciones mucho más estrechas.

Es posible que, aun habiendo explicado esto, se piense que las comunas urbanas serán pisos en los que tres o cuatro familias viven hacinadas. Para hacernos una idea de lo que implicaría quizás sea interesante recordar la experiencia de la Viena Roja entre 1919 y 1934, pese a con todas sus limitaciones.

Karl-Marx Hof visto desde arriba.

En Principios del Comunismo, Friedrich Engels argumentaba que la revolución proletaria debería tener entre sus prioridades la «construcción de grandes palacios en las fincas del Estado para que sirvan de vivienda a las comunas de ciudadanos que trabajen en la industria y la agricultura y unan las ventajas de la vida en la ciudad y en el campo, evitando así el carácter unilateral y los defectos de la una y la otra».[xxi] Pues bien, el gobierno del Partido Socialdemócrata de los Trabajadores no consiguió suprimir la distinción entre campo y ciudad, pero construyó lo más parecido a los palacios obreros que ha existido; palacios para las obreras sería lo más correcto. Edificios descomunales tales como el Karl-Marx-Hof albergan unas 1300 viviendas individuales las cuales tienen acceso a servicios comunitarios que van desde lavanderías y baños hasta farmacias.[xxii] En todos estos, «la máxima atención se pone en los servicios comunes, en la liberación de la mujer de la esclavitud doméstica».[xxiii]

Plano en 3D del Karl-Marx Hof.

Un indicativo de las potencialidades que estas instituciones tienen para con la crisis de los cuidados es que siguen en el horizonte de iniciativas como las del urbanismo feminista,[xxiv] el cual pretende generar estos espacios comunitarios aun dentro del Estado burgués. Pero en el contexto de economías de mercado, donde solo se premian las iniciativas monetariamente rentables, no encuentra más que limitaciones. No parece casualidad que los únicos sitios donde se estén llevando a cabo proyectos similares sean Venezuela [xxv] y, particularmente, la China actual, donde el sector público sigue teniendo un peso considerable en la economía. Los nuevos barrios-cápsula de regiones como Xiong’an guardan similitudes más que notables con lo expuesto anteriormente.[xxvi] Por otro lado, el reciente «Plan de Desarrollo Comunitario Integrado» pretende que las administraciones regionales fomenten la consolidación de comunidades integradas a partir del entramado urbano existente. La idea es desarrollar servicios comunales estratégicamente localizados a no más de diez minutos andando que sean asequibles y permitan la vida en común.[xxvii]

Plano prototipo de un barrio en la nueva área urbana de Xiong’an.

A pesar de todo hay que destacar una advertencia esencial del urbanismo feminista: como explican autoras como Liisa Horelli, la socialización de las labores reproductivas no disuelve de forma automática la división sexual del trabajo. Por lo tanto, son necesarias campañas culturales que eviten que los servicios comunales de cuidado sean principalmente desempeñados por mujeres, así como que se visibilicen y se dignifiquen.[xxviii]

IV

En definitiva, estamos hablando de un tema extremadamente sensible que requiere reflexionar sobre aspectos muy íntimos de la psicología social de nuestro mundo. Cuando hoy se habla de estas alternativas y su historia es habitual observar cierto recelo que lleva a rechazarlas de plano en cuanto se conoce alguno de sus problemas. Sin embargo, es necesario recalcar algo que resulta indiscutible: aun cuando estas propuestas distaban de ser perfectas, la situación de la mujer empeoró —y mucho— cuando faltaron. Por lo tanto, parece razonable reflexionar sobre cómo podríamos aprender de sus éxitos, al tiempo que intentamos no repetir sus errores.

No hay que tomar las comunas urbanas como la solución definitiva a los problemas mencionados, sino como un intento de reabrir el debate sobre estos temas y combatir el realismo doméstico. Si el socialismo pretende volver a ser un movimiento de masas debe encontrar las forma de radicalizar los actuales movimientos sociales entre los cuales el feminismo no puede ser ignorado. Para hacer esto de manera efectiva, el discurso no puede plantearse como un mero ataque a los límites de un feminismo hegemónico, sino como la necesidad de recordar lo que la revolución, la planificación económica y la verdadera democracia tienen que ofrecer a la mitad de la población mundial.

Necesitamos un urbanismo socialista y feminista. Socialista, en tanto capaz de movilizar tiempo y recursos de forma planificada para objetivos multidimensionales que desbordan la rentabilidad, pero también la productividad,[xxix] y feminista, en tanto consciente y comprometido con que la división sexual del trabajo sea superada efectivamente en los espacios comunales generados.

Notas

[i]      Helen Hester. Promethean Labors and Domestic Realism. 2017. Disponible en: https://www.e-flux.com/architecture/artificial-labor/140680/promethean-labors-and-domestic-realism/.

[ii]     Andrew Kliman. Post-Work: Zombie Social Democracy with a Human Face? 2017. Disponible en: https://www.marxisthumanistinitiative.org/alternatives-to-capital/post-work-zombie-social-democracy-with-a-human-face.html.

[iii]    Fréderic Legault y Simon Tremblay-Pepin. Un breve esquema de tres modelos de planificación democrática. 2021. Disponible en: https://cibcom.org/un-breve-esquema-de-tres-modelos-de-planificacion-democratica/.

[iv]    Amaia Pérez Orozco acuñó el concepto de “trabajador champiñon” para explicar cómo la cultura capitalista invisibiliza el trabajo reproductivo. Según las coordenadas de esta, “la única población relevante es el empresariado y aquella parte de las familias que va al mercado laboral. El resto es una carga, socialmente deseable, pero económicamente costosa. La forma de entender a las personas trabajadoras es la que, desde los análisis centrados en los cuidados, hemos denominado el trabajador champiñón: aquel que solo importa en la medida en que se incorpora al proceso productivo. No importa dónde estaba antes de llegar a la empresa ni adónde va cuando se marcha. Se presupone que con su salario lo resuelve todo ya que no tiene desesidades más allá de aquellas que cubre con el consumo mercantil. Tampoco tiene responsabilidades sobre el bien-estar ajeno que sean reconocidas como algo que interfiera o condicione su inserción laboral. Sin embargo, ese trabajador champiñón no es tal: alguien se ha hecho cargo de él cuando era niño, lo hace cuando enferma, lo hará cuando envejezca; de alguna manera gestiona su regeneración diaria, tanto corporal como emocional” (Amaia Pérez Orozco. Subversión feminista de la economía. Sobre el conflicto capital-vida. 2019).

[v]     Friedrich Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. 1884.

[vi]    Lourdes Benería. Reproducción, producción y división sexual del trabajo. 1981.

[vii]   Tithi Bhattacharya. Social Reproduction Theory. Remapping Class, Recentering Oppression. 2017.

[viii]  Helen Hester y Emma Dowling. The future of care. 2021. Disponible en: https://autonomy.work/portfolio/ffp-hester-dowlingconvo/.

[ix]    Alexandra Kollontai. La mujer en el desarrollo social. 1921.

[x]     Shulamith Firestone. La dialéctica del sexo. 1970.

[xi]    Savvina Chowdhury, Peter Bohmer y Robin Hahnel. El trabajo reproductivo en una sociedad participativa socialista. 2021. Disponible en: https://cibcom.org/el-trabajo-reproductivo-en-una-sociedad-participativa-socialista/.

[xii]   Dolores Hayden. The Grand Domestic Revolution: A History of Feminist Designs for American Homes, Neighborhoods and Cities. 1982.

[xiii]  Yvonne Daley. ¿Qué pasó con las comunas de Estados Unidos? 2021. Disponible en: https://www.notiulti.com/que-paso-con-las-comunas-de-estados-unidos/.

[xiv]  Juan Victor Macanás Muñoz. Ecoaldeas: reflexiones, feminismo y paseo audiovisual. 2017.

[xv]   Wendy Z. Goldman. Women, the State and Revolution Soviet Family Policy and Social Life, 1917–1936. 1993.

[xvi]  Kristen Ghodsee. Second World, Second Sex Socialist Women’s Activism and Global Solidarity during the Cold War. 2019.

[xvii] Gene Hsin Chang y Guanzhong James Wen. Communal Dining and the Chinese Famine of 1958–1961. 1997.

[xviii] Dan Connell y Dan Gover. China: Science Walks on Two Legs. 1974; Ruth Sidel Victor W. Sidel, Women and Child Care in China: A Firsthand Report. 1973.

[xix]  Dongping Han, The Unknown Cultural Revolution: Life and Change in a Chinese Village. 2008.

[xx]   Paul Cockshitt y Allin Cottrell. Hacia un Nuevo Socialismo. 1993. Disponible en: https://cibcom.org/hacia-un-nuevo-socialismo-1993/.

[xxi]  Friederich Engels. Principios del Comunismo. 1847. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/47-princi.htm.

[xxii] Irene Armelles Bello. Evolución del modelo de producción de vivienda social en Viena. Análisis desde la Doble perspectiva socioeconómica y la de la forma urbana. 2020. Disponible en: https://oa.upm.es/63379/1/TFG_Jun20_Armelles_Bello_Irene.pdf.

[xxiii] Manfredo Tafuri. Das rote Wien. Política y arquitectura residencial en la Viena socialista. 1989.

[xxiv] Dolores Hayden. What Would a Non-Sexist City Look Like? Speculations on Housing, Urban Design, and Human Work. 1980; Col·lectiu Punt 6. Urbanismo feminista: por una transformación radical de los espacios de vida. 2019.

[xxv] Cira Pascual Marquina y Chris Gilbert. Venezuela, the Present as Struggle: Voices from the Bolivarian Revolutoin. 2020.

[xxvi] ¿Será nuestro futuro vivir en barrios-cápsula al estilo Xiong’an? 2020. Disponible en: https://www.construdata21.com/2020/11/19/sera-nuestro-futuro-vivir-en-barrios-capsula-al-estilo-xiongan/.

[xxvii] El Consejo de Estado chino emitió el año pasado el 14° Plan Quinquenal sobre la “Planificación de la Construcción del Sistema de Servicios Comunitarios Urbanos y Rurales”: https://www-gov-cn.translate.goog/zhengce/content/2022-01/21/content_5669663.htm?_x_tr_sch=http&_x_tr_sl=zh-CN&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=sc. Un usuario publicó hace poco un hilo explicando sus concreciones: https://nitter.net/zhao_dashuai/status/1588802108736036864?t=IWKdnvqftfVucb5qZKtR9A&s=19.

[xxviii] Col·lectiu Punt 6. Urbanismo feminista: por una transformación radical de los espacios de vida. 2019.

[xxix] Aaron Benavav. Cómo fabricar un lápiz. 2020. Disponible en: https://cibcom.org/como-fabricar-un-lapiz/.

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