Seis tesis para salvar el planeta (I) » Cibcom
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Seis tesis para salvar el planeta (I)

Richard Smith

Desde los primeros días de la Revolución Industrial, los trabajadores, sindicalistas, radicales y socialistas han luchado contra las peores depredaciones del desarrollo capitalista: explotación intensificada, aumento de la polarización social, racismo y sexismo persistentes, deterioro de las condiciones de salud y seguridad en el lugar de trabajo, estragos medioambientales e incansables esfuerzos para suprimir logros políticos democráticos sobre el talón de acero del capital. Y aún con todo, al tiempo que luchamos por mantener los pocos avances que hemos conseguido, hoy, el motor del desarrollo capitalista global ha creado una nueva amenaza sin precedentes, una amenaza existencial para nuestra propia supervivencia como especie. El motor del desarrollo económico que ha traído ganancias materiales sin precedentes y revolucionado la vida humana, ahora nos amenaza con desarrollarnos hasta la muerte, empujarnos sobre el abismo de la extinción arrastrando con nosotros a un sinfín de otras especies. Sin contar el peligro de la guerra nuclear, la locomotora sin control del desarrollo capitalista es el mayor peligro que la humanidad haya enfrentado. Este ensayo aborda esta amenaza y sostiene que no hay posible solución a nuestra crisis existencial dentro del marco de ningún capitalismo concebible. Sugiere que, imposible como pueda parecer a día de hoy, sólo el derrocamiento revolucionario del orden social existente y la institución de una democracia ecosocialista global tiene alguna posibilidad de evitar un colapso ecológico global y posiblemente hasta nuestra propia extinción. Por “democracia eco-socialista global”, me refiero a una economía mundial compuesta de comunidades y naciones de productores- consumidores asociados y autogobernados que gestionen sus mayoritariamente planificadas, mayoritariamente públicas y globalmente coordinadas economías siguiendo los intereses del bien común y las necesidades futuras de la humanidad, dejando a la vez amplios recursos para las otras especies con las que compartimos este pequeño planeta azul para que vivan sus propias vidas al máximo.

Carrera hacia la extinción

Hay una escena al principio del gran drama de ciencia-ficción post-apocalíptica On the Beach (1959) de Stanley Kramer en la que jóvenes están corriendo en un circuito con sus coches de carreras a velocidades cada vez más altas aparentemente inconscientes del peligro. En efecto, a medida que van chocándose y quemándose uno por uno, los otros siguen en la carrera, determinados, aparentemente, a suicidarse chocando sus coches a máxima velocidad. ¿Por qué? Porque en la película de Kramer, ambientada en Australia, una guerra termonuclear acaba de obliterar el hemisferio norte. Nubes de radiación nuclear están llegando al hemisferio sur y pronto la lluvia radioactiva va a caer en Australia, condenando también a esa población. El gobierno está repartiendo pastillas para el suicidio. Así que qué más da. ¿Si lo que te gusta es hacer carreras de coches, por qué no morir haciendo lo que te encanta en vez de sucumbir lentamente al envenenamiento por radiación?

A un extranjero de otro mundo que mirase hacia la Tierra hoy en día, nuestra situación no le parecería tan distinta. Seguimos en la carrera pese a los cada vez más alarmantes informes de nuestros mejores científicos del clima, del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), de autoridades creíbles incluyendo el Banco Mundial, grandes aseguradoras y otros, todos ellos diciéndonos que, si no empezamos a cortar inmediatamente y radicalmente las emisiones de gases de efecto invernadero, las temperaturas podrían subir hasta cuatro o seis grados Celsius hacia finales de este siglo.

Eso precipitaría el colapso ecológico global y el colapso de la civilización: FIN. No obstante, parecemos inexplicablemente empeñados en correr hacia el suicidio colectivo, cociendo el planeta y borrando las bases ecológicas para la vida humana en la Tierra.

La cuestión no es que no sepamos qué tenemos que hacer para salvarnos: una encuesta reciente en cuarenta países encontró que amplias mayorías de sus poblaciones apoyaban limitar las emisiones de gases con efecto invernadero (69% en los EEUU, 71% en China [1]). Y no es que nos falten los medios técnicos para parar la carrera hacia el colapso. No necesitamos milagros técnicos. Lo que debemos hacer principalmente es parar de hacer lo que estamos haciendo. Y aún con todo:

–          En vez de suprimir la producción de combustibles fósiles, los productores están bombeando frenéticamente petróleo y gas de un lado al otro del planeta. Están abriendo nuevos campos e inventando nuevas tecnologías para revivir antiguos campos aun cuando el mundo está lleno de petróleo y sus precios han bajado a su nivel más bajo en décadas. La producción de carbón sigue escalando, no sólo en China e India sino también en la supuesta Alemania “verde” [2].

–          En vez de minimizar la consumición de combustibles fósiles, los consumidores parecen estar dedicados a maximizarla: la producción global de automóviles está en máximos históricos y la flota de automóviles mundial sobrepasó los mil millones en 2014. En los EEUU, el combustible barato ha animado a la gente a conducir más, consumir más gasolina, y gastar sus reservas de combustible en camiones y todoterrenos obesos y con demasiados accesorios que gastan mucho combustible teniendo peor kilometraje que los camiones de los años 50 [3]. Estamos quemando más combustible volando por todo el mundo: como anuncio para CheapOAir en el metro de Nueva York se puede leer “Los vuelos baratos hacen que sea fácil decir ‘que le den’… Vamos a viajar.” El tráfico aéreo es hoy en día la fuente de emisiones de dióxido de carbono que crece más rápidamente. Estamos quemando más combustibles, especialmente carbón, generando electricidad para cargar iPhones, iPads, coches eléctricos y el Internet de las Cosas. Mientras que las temperaturas aumentan, seguimos quemando aún más combustible para tranquilizarnos. Globalmente, consumimos más combustibles fósiles para usar aires acondicionados que para calentar nuestras casas. Los científicos han avisado recientemente que, basándose en las tendencias actuales, antes del final de siglo, Oriente Medio “podría estar afectado por olas de calor y humedad tan severas que estar simplemente al aire libre varias horas podría amenazar la vida humana” [4]. Eso son muy buenas noticias para Carrier y Friedrich (marcas de aires acondicionados), por lo menos a corto plazo, pero… ¿De verdad queremos que nuestros hijos se quemen en una especie de “auto-de-fe” planetario?

–          En vez de imponer límites a las emisiones de las compañías, los gobiernos siguen en la negación tal y como sus pueblos: desde la cumbre de Río en 1992, cada Conferencia de las Partes (COP) ha terminado en acritud y fracaso abyecto en adoptar limitaciones vinculantes de las emisiones de dióxido de carbono. Como George Bush Sr. explicó notoriamente al rechazar los límites vinculantes en su día: “El estilo de vida americano no está disponible para negociarse.” ¿Y si los americanos son, por acumulación, los mayores contaminadores con diferencia y no quieren aceptar límites vinculantes, por qué iba a hacerlo nadie más? A día de hoy, nos enfrentamos a la previsión de emisiones catapultándose a niveles cada vez más altos y de temperaturas rompiendo récords año tras año, como 2015 que reventó el récord del año anterior en el mayor incremento de temperatura de la Historia. Y, aun así, Paris COP21 se volvió a escabullir, terminando con retórica y más promesas, pero todas completamente absurdas sin vincular legalmente los compromisos de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

–          Y, lo que es más, no sólo estamos devorando combustibles fósiles. Estamos devorando cada recurso de la Tierra, al parecer todo lo rápido que podemos, sin tomar casi en cuenta las necesidades de las generaciones futuras, no digamos ya de otras formas de vida. Tomamos pastos y bosques, robamos los peces de las bocas de las focas y ballenas. Alrededor del mundo, empresas y naciones están compitiendo para saquear hasta el último recurso accesible del planeta para transformarlo en un “producto” [5]. Estamos explotando el Ártico en busca de minerales y petróleo, haciendo minería a cielo abierto en los fondos oceánicos para conseguir peces y más minerales y arrasando bosques tropicales desde Indonesia hasta el Amazonas pasando por el Congo para hacer suelos baratos y biocombustibles para alimentar esos Land Rovers y Mercedes Benz. Personas serias están planteándose explotar asteroides. Desde Nueva York hasta Abu Dhabi pasando por Shanghai, las compañías de construcción están en un frenesí las 24 horas del día, los 7 días de la semana, construyendo aeropuertos, autopistas, rascacielos de inútil vanidad, mansiones cada vez más lujosas, palacios dorados y resorts acabados con maderas raras, materiales exóticos, muebles suntuosos aclimatación y más. En el Gran Salto Adelante maníaco actual de china, las empresas de construcción chinas echaron 6,6 gigatoneladas de cemento en solo tres años entre 2011 y 2014, construyendo presas, autopistas y “ciudades fantasmas” superfluas; mientras que las empresas americanas de construcción americanas sólo echaron 4,5 gigatoneladas a lo largo del siglo XX entero para construir todas las infraestructuras y ciudades de EEUU [6].

–          En vez de inventar nuevas maneras de minimizar la consumición de recursos, nuestras empresas más inteligentes trabajan día y noche para inventar “necesidades” superfluas: un sinfín de iCosas, impresoras 3-D, relojes inteligentes, drones, patines volantes, aparatos de realidad virtual, el Internet de las Cosas, GoPros para grabar toda tu vida, Google Glass para grabar secretamente a otros, camisetas biométricas que miden tu ritmo cardiaco, retretes que te limpian el trasero, “apps” inútiles para perder tu tiempo y así sucesivamente [7]. Una incesante invención de necesidades a la conquista de “la próxima gran cosa” [8]. Al final, por supuesto, todo esto no son más que nuevas formas de convertir innecesariamente más naturaleza en productos.

–          En vez de hacer productos que de verdad necesitamos que sean durables y reciclables para conservar recursos, las mayores empresas como Apple asignan a sus mejores y más brillantes ingenieros, diseñadores y publicistas para encontrar maneras de hacer que los productos duren menos, se conviertan en obsoletos y se tiren antes. Consumimos más, más rápido, más a menudo y sin ningún propósito. Desde moda hasta muebles pasando por coches y electrónica, la mayoría de nuestra economía está dedicada a la producción de desechos: la consumición repetitiva por medio de ciclos cada vez más rápidos de obsolescencia diseñada y percibida, todo ello acabando eventualmente en montañas cada vez más grandes de basura. Como un analista de venta al por menor dijo célebremente en 1955: “Nuestra enormemente productiva economía demanda que hagamos de la consumición nuestro modo de vida, que convirtamos la compra y uso de productos en rituales, que busquemos nuestras satisfacciones espirituales, de ego, en la consumición… Necesitamos consumir, quemar, usar, reemplazar y descartar cosas a un ritmo siempre más rápido.”[9] Como he dicho muchas veces, allá por el tiempo de Adam Smith, cuando tanto fábricas como poblaciones humanas eran pequeñas, este tipo de loca lógica económica no importaba. Pero hoy en día, cuando todo se produce por millones y miles de millones, luego se desecha y reproduce al día siguiente, sí importa. Importa mucho. Giles Slade, pensando acerca de los monumentos que dejaron los egipcios, se pregunta ¿tras el colapso, “Serán las pirámides de EEUU pirámides de basura”? [10]

¿Qué está pasando aquí?

¿Por qué estamos cocinando el clima, consumiendo el futuro? ¿Por qué no podemos golpear los frenos antes de rodar hasta el borde del acantilado? En mi trabajo he argumentado que el problema está en la raíz de nuestro sistema económico. Grandes corporaciones están destrozando la vida en la Tierra, pero no pueden evitarlo, no pueden cambiar lo suficiente como para salvar el planeta. Mientras vivamos bajo este sistema, no tenemos más opción que seguir con la destrucción, seguir echando gas en vez de golpear los frenos. La única alternativa —imposible como lo pueda parecer— es derrocar el sistema económico global y los gobiernos del 1% que lo apuntalan. Deberíamos reemplazarlos con una democracia económica global, una democracia de abajo hacia arriba radical, una civilización ecosocialista. Voy a reafirmar mi argumento aquí bajo la forma de seis tesis.

  1. El capitalismo es, abrumadoramente, el principal motor del colapso ecológico del planeta y no puede ser reformado lo suficiente para salvar a los humanos.

Desde los albores de la agricultura asentada hace unos diez milenios hasta el auge del capitalismo a partir de los siglos XV y XVI, la mayoría de la gente vivía en comunidades agrícolas casi totalmente autosuficientes. Familias campesinas cultivaban su propia comida, construían sus propias casas, fabricaban la mayoría de sus herramientas, tejían su propia ropa, y se conformaron con el poder de los animales para el trabajo en la granja y el transporte. La productividad era baja, con pocos cambios reales a lo largo de los siglos. Producían principalmente para uso directo, no para el mercado.

Las clases dominantes agrarias, donde éstas existían, extraían rentas, pero las gastaban en armas militares y fortificaciones, y en el consumo conspicuo, en lugar de invertir sus rentas de nuevo en mejorar la producción. No necesitaban desviar sus excedentes para reinvertir en la producción porque producían casi todo lo que necesitaban en sus fincas. Las ciudades eran pequeñas, los mercados y el comercio limitados principalmente a artículos de lujo y armas. Las clases dominantes compitieron militarmente, no económicamente. Lucharon en guerras unos contra otros para capturar territorios con campesinos atados a estos. La riqueza se medía en haciendas, granjas y rentas, no en dinero en efectivo.

Antes del auge del capitalismo, el consumo y la población global permanecieron bajas y su crecimiento era lento. La población humana del planeta no alcanzaría el millar de millón seguramente hasta el siglo diecinueve. Dada la tecnología limitada e inmóvil, conforme la población aumentaban, a veces la subsistencia se volvía precaria. Los campesinos dividían sus parcelas de tierra en otras más pequeñas para sus hijos. Las sociedades agrarias sufrieron repetidos ciclos de pequeño crecimiento hasta un punto de concentración densa de población, seguido de un colapso y una hambruna, al que seguía un nuevo crecimiento conforme la reducida población encontraba tierras abandonadas para cultivar otra vez. Entonces, las economías precapitalistas estuvieron a menudo caracterizadas por crisis cíclicas de “infraproducción”. En algunos casos, la extracción incesante de excedente combinada con una productividad estancada y una organización acientífica de los cultivos producían un colapso permanente de civilizaciones enteras —Mesopotamia, los mayas y otros. [11]

La transición al capitalismo cambió todo eso. A partir de mediados del siglo XV, los campesinos ingleses fueron retirados gradualmente de sus tierras en oleadas de cercamientos y fueron proletarizados. En lugar de la autosuficiencia, los terratenientes y sus nuevos agricultores capitalistas con mano de obra contratada comenzaron a especializarse en monocultivos como el trigo, la lana o el lino, que vendían en el mercado. Todo el mundo vendió su mercancía especializada, ya sea trigo o mano de obra, y compró sus medios de subsistencia. Esta nueva economía, basada en la producción especializada para el mercado, ha dado forma al desarrollo económico hasta hoy. De hecho, el capitalismo ha sido prácticamente sinónimo de desarrollo económico. Los productores no tenían libertad para vender sus productos a cualquier precio en el mercado porque se enfrentaban a la competencia. El infierno son otros criadores de cerdos. Con el fin de competir, los agricultores necesitaban aumentar la productividad de sus granjas. Esto les obligó a buscar insumos y mano de obra más baratos, conseguir nuevas tecnologías, patrones de cultivos y economías de escala, para así desarrollar las fuerzas de producción.

La tragedia de la mercancía

Una producción mayor requería una demanda mayor. En Inglaterra, la revolución agrícola capitalista de los siglos del quince al dieciséis hizo llegar la Revolución industrial de los siglos dieciocho y diecinueve. Los campesinos comerciales buscaron nuevas herramientas, los tejedores de lana mejores máquinas, los comerciantes mejores medios de transporte, etc. En este sentido, la competencia se convirtió en el “motor” del crecimiento económico. Este mecanismo de competencia capitalista dio lugar a una economía en cambio constante, de revoluciones tecnológicas permanentes y de la aplicación sistemática de la ciencia en la producción. Los resultados fueron la desmotadora de algodón, el combustible de carbón, los ferrocarriles, el combustible de petróleo, los vehículos de motor, avances médicos, la electricidad, radio y televisión, la energía nuclear, el transistor, los ordenadores, el móvil, OMG (Organismos modificados genéticamente) y las Google Glass.

El aumento de la productividad y los avances en medicina también impulsaron la «revolución demográfica», así la población humana aumentó de mil millones en 1800 a dos mil millones en 1927, y hasta tres mil millones en 1960. En lugar de ciclos de colapso y hambruna, el modo de producción capitalista se ha caracterizado por crisis periódicas de «sobreproducción.» Los auges culminan en crisis, colapso económico y la destrucción del capital y el trabajo, seguido a su vez por un crecimiento renovado basado en mano de obra y capital más baratos, impulsando otro ciclo de crecimiento. A lo largo de este proceso, el desarrollo capitalista ha transformado profundamente nuestras vidas, para bien y para mal. El motor del desarrollo económico en constante crecimiento se ha convertido en un monstruoso motor de la destrucción ecológica —despojando la minería del planeta, arrasando los últimos bosques que quedaban, agotando los últimos minerales accesibles, aniquilando las poblaciones de peces, ahogándonos en la contaminación, y sofocándonos con nubes de gases de escape— produciendo productos que realmente no necesitamos y que, a priori, no se deberían derrochar recursos para crearlos.

  • Las soluciones a nuestra crisis ecológica son increíblemente obvias y están listas y a nuestro alcance, pero mientras vivamos bajo el capitalismo, no podemos tomar los pasos obvios para evitar el colapso ecológico mañana porque hacerlo sería precipitar el colapso económico hoy.

¿Qué hacer? En mi libro, Green Capitalism: The God that Failed, expliqué que desde los años 70 los economistas ecológicos mainstream intentaron lidiar con el problema del crecimiento capitalista en una de las dos maneras siguientes. [12] El primer enfoque, inspirado de la idea de Herman Daly de una “economía de estado estacionario” y la llamada de Serge Latouche al “decrecimiento”, imaginó que el capitalismo podía ser reconstruido de tal manera que pararía de crecer o incluso decrecería mientras seguía desarrollándose internamente. [13] El segundo enfoque, ejemplificado por Paul Hawken, Lester Brown y otros proponentes del “desarrollo sostenible”, concibió que el capitalismo podría seguir creciendo más o menos para siempre pero que este crecimiento podría ser transformado en benigno para el medio ambiente. Este enfoque propone forjar una “revolución industrial verde” de la mano de los eco-emprendedores e introduce subsidios verdes, tasas de carbono y penalizaciones para los contaminadores para atraer al resto de la industria.

Pro o anti crecimiento, ambos enfoques asumen que el capitalismo es suficientemente maleable que sus fundamentos pueden ser “invertidos” de tal manera que las corporaciones pueden, de una u otra manera, ser inducidas para subordinar la búsqueda de beneficio a la “salvación de la Tierra”. E independientemente de sus distintos enfoques, lo que une ambas escuelas de pensamiento es su rechazo a priori de las alternativas al capitalismo; el rechazo a cualquier tipo de planificación económica o socialismo. Aquí, argumenté, es donde el mainstream se equivoca, porque no hay solución posible a nuestra crisis dentro del marco de cualquier capitalismo concebible.

Por qué el “estado estacionario” y el “decrecimiento” son incompatibles con una economía capitalista viable

En contra de los bien intencionados pero equivocados proponentes del “estado estacionario” y el “decrecimiento”, incluyendo Herman Daly, Tim Jackson y otros, argumenté que mientras que es cierto que necesitamos el decrecimiento, la tendencia hacia el crecimiento seguirá en cualquier economía capitalista concebible, sea verde o no. [14] Apunté que hay algunas excepciones: empresas privadas, familiares o poseídas de manera cercana que no responden a accionistas, o servicios públicos donde los beneficios están garantizados. Este tipo de empresas pueden aguantar más o menos en estasis, o incluso decrecimiento si lo eligen. Pero en EEUU, la mayoría de las empresas están poseídas por inversores, fondos de inversión, bancos de inversión, fondos de pensiones etc… Para ellos, el crecimiento es un requerimiento ineludible de la reproducción de cada día.

¿Por qué? Primero, los productores dependen del mercado. Tienen que vender sus mercancías para comprar sus propios medios de subsistencia, los medios de producción, y los inputs de materias primas para permanecer en la producción. Segundo, la competición empuja el desarrollo económico. La competición fuerza a los productores, bajo pena de fracaso en el mercado, a sistemáticamente reducir costes, buscar inputs más baratos, innovar, traer nuevas tecnologías y reinvertir la mayoría de sus beneficios otra vez en la producción (en vez de gastarlo en guerras y consumo pomposo como sus predecesores feudales). Tercero, “crece o muere” es una ley de supervivencia en el mercado. Las empresas se enfrentan a una presión irresistible y sin descanso de sus inversores para maximizar sus beneficios. La compañía que no consigue llegar a las expectativas de Wall Street y trae beneficios regulares cada cuatrimestre se arriesga a ver como sus inversores venden sus acciones y van a otro lado mientras que su precio de acción cae. Por eso, los jefes de empresas no tienen otra opción que buscar constantemente un crecimiento de ventas, del mercado. Más grande también significa más seguro porque las empresas más ricas pueden sacar más partido a las ventajas de los ahorros por la escala, a la dominación de los mercados, y a fijar los precios. En resumen, el imperativo del crecimiento es virtualmente una ley de hierro de la competición capitalista exitosa. No es “subjetivo”. No es opcional. No es dispensable.

Por qué el “capitalismo verde” no puede salvar el mundo

En contra de los teóricos y proponentes del “capitalismo verde”, argumenté que las empresas no pueden priorizar las personas y el planeta antes que los beneficios porque los jefes de las empresas y las juntas corporativas no son responsables ante la sociedad, son responsables ante los accionistas privados. Las corporaciones pueden acogerse al ecologismo mientras que eso aumente sus beneficios (como, por ejemplo, reciclar, reducir los desechos, introducir productos “verdes” etc…). Pero salvar el mundo requiere más que reciclar e instalar luces LED. Requiere que la búsqueda de beneficios sea sistemáticamente subordinada a los problemas ecológicos y esto no lo pueden hacer. [15] Ninguna junta corporativa puede sacrificar sus ganancias, menos aún echarse a sí misma del negocio para salvar a los humanos. Como escribió Milton Friedman, “hay uno y sólo una responsabilidad social de los negocios:  usar sus recursos y participar en actividades para incrementar sus beneficios.” [16] En efecto, esa es su única obligación legal. [17]

Los científicos del clima nos dicen que, si esperamos mantener el calentamiento global bajo dos grados Celsius sobre los niveles preindustriales, vamos a tener que suprimir el uso de combustibles fósiles en un 7-10% cada año desde 2015 hasta 2050, momento en el que los combustibles fósiles necesitan estar prácticamente superados. [18] ¿Pero, ¿cómo podríamos hacer esto en el capitalismo, en una economía basada en enormes empresas en propiedad de inversores? Imagina al jefe de ExxonMobil diciéndole a sus inversores: “Lo siento, pero para salvar el planeta no podemos aumentar los beneficios el año que viene. En vez de eso, debemos recortar la producción (y por tanto los beneficios) en un 7-10% el año que viene y cada año después de ese durante las próximas tres décadas y media, en cuyo momento ya estaremos básicamente fuera del negocio.” ¿Cuánto tardaría tu fondo de pensiones en tirar esas acciones? Ahora imagina el impacto que recortar un 7-10% cada año durante décadas tendría en la economía. Esto rápidamente haría entrar en bancarrota a la industria automóvil, la de aviones y aerolíneas, el turismo, los petroquímicos, los químicos agrícolas, el negocio agrícola, las fibras sintéticas, los textiles, los plásticos de todo tipo, la construcción y más.

Esta es la última elección fatal del capitalismo: tenemos que destruir el mañana de nuestros hijos para mantener nuestros trabajos hoy

¿Qué empresa va a cometer un suicidio económico para salvar el planeta? ¿Qué sindicatos, a la vista de despidos masivos, apoyarían el decrecimiento?

¿Y qué gobierno? El verano pasado, el eco-gobernador de California Jerry Brown y los Demócratas del Senado de California propusieron una legislación para recortar el uso de petróleo del estado en un 50% para 2030 en línea con el objetivo del IPCC de reducir emisiones en un 90% para 2050. Genial. Pero la industria petrolera se opuso de manera feroz. La asociación de petróleo de los estados occidentales dijo que un mandato de 50% significaría despidos y subidas del precio del petróleo y la electricidad. Anuncios por parte de la industria del petróleo aseguraron que “llevaría al racionamiento de combustible y prohibiciones de turismos”, informó el The New York Times. [19] Enfrentándose a una revuelta en la asamblea del estado, el gobernador Brown dejó caer el plan, sacrificando el planeta al crecimiento capitalista como los gobiernos capitalistas en todos lados. [20]

En realidad, las empresas petroleras tenían razón: si California recorta el consumo de combustibles fósiles en un 50%, masas de trabajadores en las industrias afectadas tendrían que ser despedidos, la gasolina sería racionada, los todoterrenos y los camiones sobredimensionados tendrían que ser prohibidos, y más. Sin embargo, si queremos salvar a los humanos, tenemos que hacer justamente eso. Al final, la única manera de suprimir el consumo de combustibles fósiles es suprimir el consumo de combustibles fósiles: mandar recortes, imponer racionamiento, prohibir la producción de vehículos que consuman mucho, etc…

El problema es que, bajo el capitalismo, estas medidas significarían un colapso económico y desempleo masivo. En este punto, la Cámara del Comercio y la Asociación Nacional de Manufactureros tienen razón, y los ecologistas procrecimiento y promercado se equivocan: recortar las emisiones de gases con efecto invernadero significa recortar trabajos. Dado el capitalismo, no hay manera de rodear este dilema. Es por esto que defiendo que, para salvar a los humanos, necesitamos un nuevo sistema económico. Necesitamos un sistema que nos permita reestructurar la economía de manera radical, salvar a los humanos y las ballenas, y crear nuevos empleos para aquellos “trabajadores en exceso” en las industrias que necesitamos limitar y cerrar.

Todos sabemos lo que hay que hacer. Es completamente obvio. Necesitamos suprimir radicalmente las emisiones de gases con efecto invernadero y la producción de combustibles fósiles, parar la deforestación, la sobrepesca, el saqueo del planeta para hacer productos que no necesitamos. Y tenemos que parar de echar todo tipo de contaminación y desechos tóxicos por todos lados. Ninguno de estos problemas requiere grandes descubrimientos tecnológicos. Como he dicho: básicamente tenemos que parar de hacer lo que estamos haciendo. El problema es que parece que no podemos parar o incluso frenar. Mientras que el calentamiento global nos va a matar a largo plazo, parar el sobreconsumo nos mataría en el corto plazo porque precipitaría el colapso económico, desempleo masivo y hambre. Esta es la última elección fatal del capitalismo: tenemos que destruir el mañana de nuestros hijos para mantener nuestros trabajos hoy. Pregunta a un niño de seis años qué está mal en este panorama.

Mantengo que la única manera de evitar el exceso y el colapso es forzar una contracción masiva en las economías industrializadas, economizar la producción a lo largo de un amplio rango de industrias innecesarias, acaparadoras de recursos y contaminadoras incluso cerrando las peores. [21] Las empresas no son necesariamente malas. Simplemente no pueden evitarlo; hacen lo que se supone que tienen que hacer para el beneficio de sus propietarios. Pero esto significa que, mientras que la economía global se base en la propiedad privada capitalista y corporativa, y la producción competitiva para el mercado, estamos abocados al suicidio colectivo. Ninguna cantidad de ajustes con el mercado puede frenar el impulso al colapso ecológico global. No podemos comprar nuestra vía hacia la sostenibilidad porque los problemas a los que nos enfrentamos no pueden ser solventados por la elección individual en el mercado. Requieren control colectivo y democrático sobre la economía para priorizar las necesidades sociales y ambientales. Y requieren planificación económica nacional e internacional para reorganizar la economía y desplegar trabajo y recursos para esos fines. Si la humanidad va a salvarse a sí misma, no tenemos otra elección que derrocar el capitalismo y reemplazarlo por una economía socialista democráticamente planificada.

  • Si el capitalismo no puede servir sino para destruir el mundo entonces, ¿qué opción tenemos salvo socializar la mayoría de las economías industriales del mundo y planificarlas directamente para lograr el bien común?

Para bien o para mal, estamos en el Antropoceno. La naturaleza no domina la Tierra. Lo hacemos nosotros. Los humanos son ahora los principales responsables del cambio climático, los cambios en el uso de la tierra y la extinción de las especies. Nuestras acciones determinarán si nuestra especie sobrevive más allá de este siglo. Como algunas tradiciones religiosas dicen, somos “un pueblo en un planeta”. Si esto es así, sería mejor actuar como si lo fuera. Si queremos salvar a los humanos, necesitamos hacer decisiones colectivas y conscientes sobre cómo explotamos la naturaleza.

Desde el nacimiento del capitalismo hace 300 años, cada vez más el mundo se ha regido por la anarquía del mercado, siguiendo la máxima de Adam Smith que dice que todo individuo debe seguir únicamente su interés económico personal. “Ocuparse de uno mismo” y el “interés o el bien común”, según Smith, llegarán a ser lo mismo (22). Bueno, eso no ha funcionado tan bien.

Los problemas a los que nos enfrentamos, los problemas de la “gestión del planeta”, no pueden ser resueltos por las preferencias individuales en el mercado. Requieren una planificación racional y consciente, cooperación internacional y un control colectivo democrático sobre la economía, no la anarquía del mercado. Los climatólogos nos dicen que necesitamos un plan global para eliminar las emisiones de los combustibles fósiles y lo necesitamos YA (23). Los oceanólogos nos dicen que necesitamos un plan quinquenal global para salvar a los océanos (24). Necesitamos planes racionales, exhaustivos y legalmente vinculantes para salvar los bosques que todavía quedan en el planeta, para proteger y restaurar ríos, lagos y pesquerías, para salvar millones de especies en peligro de extinción en todo el mundo y para conservar recursos naturales de todo tipo.

Y necesitamos un plan para salvar a los humanos. Necesitamos dar prioridad a las necesidades de la humanidad, el medio ambiente, otras especies y las generaciones futuras. Las empresas privadas y con ánimo de lucro no pueden hacer eso. La única manera de hacerlo es con un control público sobre la inversión, el cambio tecnológico y la planificación a todos los niveles. No trato de trazar un mapa para salvar el mundo. Además, hay multitud de economistas, científicos, ingenieros y otras personas ahí fuera que están mucho más cualificadas y mejor posicionadas que yo para establecer los parámetros y los detalles de una planificación económica de abajo hacia arriba. Es más, planificar una economía mundial difícilmente puede ser la tarea de unos pocos. Esto va a requerir la creatividad y los recursos de un número enorme de pueblos. Aun así, tenemos que empezar por algún lado. Dejando aparte, por el momento, la extensa pregunta sobre cómo este proceso de planificación puede funcionar en el mundo real (véanse los puntos cuatro y cinco abajo), por ahora voy a proponer que cualquier “lista de tareas” de planificación económica racional y sostenible debería incluir, al menos, lo siguiente:

  1. Tendríamos que eliminar de forma radical el consumo de combustibles fósiles en las naciones industrializadas en toda la economía, desde la generación de energía hasta el transporte, la manufactura, la agricultura y los servicios.

Globalmente la generación de electricidad y calor suponen, de media, un 25% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI); la industria un 21%; el transporte un 14%; la agricultura, la silvicultura y otros usos del suelo (principalmente la deforestación) un 24%. Esto significa que no solo necesitamos reducir progresivamente las empresas que utilizan este combustible y reforzar el cambio hacia energías renovables, sino que también debemos eliminar las manufacturas (por ejemplo, mediante la supresión de productos no esenciales como novedades [tecnológicas] inútiles, lujos sin sentido, productos desechables y material militar destructivo, entre otras cosas). Tendríamos que limitar la construcción (construyendo viviendas socialmente necesarias y no un sinfín de rascacielos con apartamentos de lujo). Tendríamos que disminuir la importancia de la agricultura industrial basada en combustibles fósiles y reemplazarla con agricultura ecológica. Tendríamos que detener la deforestación a escala mundial e implementar programas de reforestación. Tendríamos que reducir ampliamente el uso de vehículos de motor, los viajes en avión (actualmente las dos fuentes de emisiones de CO2 que crecen más rápidamente), y otros servicios que emiten GEI.

Si no tenemos ningún milagro tecnológico que nos permita que nuestra economía crezca sin consumir más recursos, incluyendo los combustibles fósiles, entonces nuestra única opción es detener el crecimiento económico de las economías industrializadas. Esto implicaría cierres industriales y una ralentización económica (26). No cabe esperar que compañías como ExxonMobil, General Motors, Boeing, Apple, Monsanto, United Airlines y otros productores de mercancías y servicios insostenibles y destructivos se vayan del negocio y arrojen a sus trabajadores a la calle. Tendrían que ser nacionalizadas o socializadas, con o sin indemnización, para poder reducir o redirigir su producción o ser desmanteladas. Sus trabajadores sobrantes podrían ser contratados en áreas de trabajo socialmente beneficiosas y ecológicamente sostenibles (y posiblemente más gratificantes). Soy totalmente consciente de que proponer algo que equivale a una gran (“substantial”) desindustrialización en el hemisferio norte suena algo extremista. Sin duda. Pero un calentamiento global de entre 4 y 6 Cº hacia el final de este siglo es más extremo —y es imposible que nosotros podamos revertirlo (27). Así que, ¿Qué va a ser? ¿Salvamos a General Motors y a ExxonMobil por unas pocas décadas o salvamos a los humanos? Estas son el tipo de cuestiones que debemos plantearnos como sociedad.

  • Tendríamos que “contraer y converger” la producción sobre una media globalmente sostenible y, con suerte, más satisfactoria que pueda proporcionar un nivel de vida digno para todas las personas del planeta.

Para equilibrar esta balanza, tendríamos que pisar los frenos del crecimiento fuera de control del Norte Global. Necesitaríamos reducir o cerrar industrias innecesarias, acaparadoras de recursos, contaminantes y generadoras de residuos como los combustibles fósiles, coches, aviones y aerolíneas, transporte marítimo, productos químicos, agua embotellada, alimentos procesados, productos farmacéuticos, etc. Tendríamos que detener procesos dañinos como la agricultura industrial, la pesca y la tala. Tendríamos que cerrar muchos servicios —el sector bancario, Wall Street, las tarjetas de crédito, el comercio minorista, las relaciones públicas y publicidad— construidas para asegurar y promover el consumo excesivo. Tendríamos que abolir el complejo estatal militar-policial y de vigilancia, y todos sus productores, ya que su único propósito es la dominación global, el terrorismo de Estado, la destrucción en el extranjero, y la represión en el país. No podemos construir sociedades decentes en donde el excedente social se desperdicia en tales residuos.

Al mismo tiempo, nos veríamos obligados a reorientar considerables recursos hacia el desarrollo sostenible en el Sur Global. Nosotros, en el Norte, tenemos la responsabilidad de ayudar al Sur a construir infraestructura básica, electrificación, sistemas de saneamiento, escuelas públicas, atención sanitaria, etc. Ayudaríamos a que sus ciudadanos lograsen un nivel de vida material cómodo sin repetir todos los desastrosos desperdicios del consumismo capitalista en el Norte. Después de todo, les debemos una enorme deuda gran parte de la pobreza del Sur es el resultado de décadas y siglos de saqueo de sus recursos por parte del Norte industrializado. Si paramos esto, el Sur podría usar su riqueza de recursos naturales para su propio desarrollo sostenible.

Por ejemplo, la superproducción y la sobreconstrucción extraordinariamente derrochadoras de China desde la década de 1990 ha sido en gran medida y, en los últimos años, casi totalmente dependiente de la importación grandes cantidades de mineral de hierro, carbón, petróleo, madera y otras materias primas de África, América Latina, Asia y Australia. El resultado es una enorme destrucción ecológica desde Nueva Guinea al Congo y a Perú. Si China abandonara este asombroso desperdicio, los africanos, los asiáticos y los latinoamericanos podrían utilizar esos recursos para sí mismos, en lugar de enviarlos a China a cambio de basura de plástico desechable y sobornos a dictadores. [28] Si Brasil dejara de arrasar su bosque para producir madera y hamburguesas para los estadounidenses y europeos consumistas, los brasileños podrían cultivar sus propios alimentos y construir viviendas de calidad en vez de vivir de peniques en chabolas. Pero los brasileños también necesitan y merecen ayudas del Norte industrializado para compensar la pérdida de ingresos de esas exportaciones de hamburguesas y madera. Otros países se enfrentan a decisiones aún más difíciles. Los ingresos del petróleo proporcionan aproximadamente la mitad de los ingresos del gobierno venezolano, y casi cien por ciento de los ingresos del gobierno en el Cinturón del Petróleo, desde Libia a Arabia Saudí. Si tenemos que suprimir la producción global de petróleo para salvar a los seres humanos, entonces sus economías van a tener que ser reconstruidas al completo. Estos son grandes desafíos, sin duda. Pero, de nuevo, ¿cuál es la alternativa?

  • Tendríamos que revolucionar la producción de bienes y servicios para minimizar el consumo de recursos y producir cosas duraderas, reconstruibles, reciclables y prestables, en lugar de desechables.

Somos siete yendo a nueve o diez mil millones de personas en un pequeño planeta con recursos agotados. No sobreviviremos durante mucho más tiempo con una economía global orientada a consumir más recursos per cápita. Necesitamos una economía orientada a minimizar el consumo de recursos per cápita, mientras produce suficientes bienes materiales y servicios para toda la humanidad vivir un estilo de vida cómodo, si no extravagante, con suficiente margen para las futuras generaciones y para sostener a otras formas de vida. Esto requerirá un enfoque ecológicamente racional de la producción.

En lugar de productos diseñados para usar, gastar y desechar tan pronto como sea posible, necesitamos producir zapatos de suela reutilizable, ropa con estilo, de calidad y duraderas, aparatos electrónicos [appliances] reparables y smartphones mejorables. Tenemos que eliminar el coche privado en favor de los vehículos compartidos, bicicletas y el transporte público. [29] Y tenemos que hacer coches básicos que duren décadas y se puedan reconstruir fácilmente (como los antiguos escarabajos de Volkswagen). Tenemos que construir edificios diseñados para durar siglos, como las antiguas ciudades de Europa. Tenemos que detener procesos dañinos como la agricultura industrial, la pesca y la tala. Aquí de nuevo, tal desindustrialización y reestructuración eliminaría no sólo fábricas aquí y allí, pero en algunos casos sectores enteros. Esto eliminaría inútiles lujos (como el complejo industrial de bolsos de lujo), desperdicios desechables («moda rápida”, iPhones 6, 7, 8), y otros.

  • Tenemos que redirigir las inversiones hacia cosas que la sociedad realmente necesita como energías renovables, agricultura ecológica, transporte público, sistemas públicos de aguas, rehabilitación medioambiental, sanidad pública y escuelas de calidad.

Todas estas prioridades serían de sentido común en una economía no distorsionada por el motor del beneficio. ¿Por qué alguien querría gastar dinero en agua embotellada si los suministros municipales de agua fueran de mejor calidad, como solían serlo en Nueva York y otras ciudades americanas? [30] ¿Por qué alguien quiere perder horas arrastrándose a través del tráfico para llegar al trabajo o al aeropuerto, si tuvieran la opción de un transporte público cómodo, limpio y eficiente, como en tantas ciudades europeas? Y así sucesivamente. Tenemos más que suficiente riqueza social para reestructurar nuestras economías en estas líneas. Es sólo que se desperdicia en guerras, subsidios a empresas petroleras inmerecidas, exenciones de impuestos a los ricos, y más. Sólo los billones de dólares que el gobierno de Estados Unidos ha desechado en sus guerras criminales en Oriente Medio desde 1991 podrían haber pagado fácilmente por la conversión de todo el país a energías renovables, por no decir nada de las pérdidas en vidas y los daños materiales que ha costado bombardear media docena de países duran más de una década. [31]

  • Tenemos que elaborar un enfoque racional y sistemático para tratar y eliminar residuos lo antes posible.

La solución a los residuos es obvia: parad de crearlos. Necesitamos: abolir la producción de bienes de usar y tirar (salvo para usos críticos, como en medicina) y la mayoría de los envasados, traer de vuelta envases rellenables, generalizar el reciclaje obligatorio, etc. Para los productos tóxicos también tenemos que parar de producir tantas sustancias químicas, la mayoría creadas para objetivos triviales que se alcanzan sin ellas. Algunas de estas, como los pesticidas, son deliberadamente tóxicas y deben ser prohibidas por completo. En general, como he discutido en mi libro, la sociedad se debe consagrar y vivir según el principio de precaución ya elaborado por científicos, médicos y organizaciones antitóxicas de base. Grupos como “Familias Saludables de Productos Químicos” piden sustitutos y soluciones más seguras, una eliminación de sustancias químicas bioacumulativas o altamente tóxicas,  la publicación de los ingredientes que todos tienen derecho a saber, la participación de los trabajadores y las comunidades en las decisiones sobre productos químicos, la publicación de datos exhaustivos de seguridad sobre todos estos y la insistencia en la protección prioritaria inmediata de las comunidades y los trabajadores en caso de cualquier amenaza para la salud. [33] Una vez más, tal reorganización racional de la economía en favor de los intereses de la salud pública requiere la mano visible de la planificación, no la mano invisible de la anarquía del mercado.

  • Si tenemos que clausurar industrias nocivas, tendremos que proveer de trabajos equivalentes a los trabajadores desplazados, no sólo porque sea un imperativo moral sino porque, sin un trabajo garantizado en algún otro sitio, esos trabajadores no pueden defender los enormes cambios estructurales que necesitamos llevar a cabo para salvar a la humanidad.

La mayoría de activistas medioambientales odian mencionar las implicaciones respecto a puestos de trabajo que el “desenganche” del petróleo implica. La realidad es que, tal y como es el capitalismo, cualquier retirada, no hablemos ya de clausuras industriales masivas, implicaría desempleo a gran escala. Éste es el motivo por el que el movimiento ecologista tiene tantas dificultades a la hora de llegar a los trabajadores que intuyen la conexión. Y, aun así, si no clausuramos la ingente cantidad de industrias contaminantes, estamos condenados. Defiendo que la única forma de resolver esta contradicción es afrontarla, el admitir que la reestructuración radical significará un desplazamiento masivo. Sólo una economía ecosocialista puede proveer alternativas laborales de forma racional e inmediata a los trabajadores que se queden sin trabajo en las industrias contaminantes (34).

Además, por fortuna bajo mi punto de vista, esto no es “austeridad”. Es una oportunidad enorme de reemplazar la mercantilización alienada por el trabajo que realice, sea interesante y valioso. La verdad es que la mayoría de trabajadores de este país están empleados en trabajos dañinos y alienantes, a menudo peligrosos.  La transición al ecosocialismo presenta la oportunidad de abolir todo tipo de trabajos absurdos: banca y publicidad, manufactura en cadena, producción de armas y más. Por si fuera poco, dado que nuestra producción actual está dedicada a sacar productos dañinos o inútiles, el dejar de perseguirla abre la puerta a una jornada laboral más breve o menos días laborables a la semana. En otras palabras, la desindustrialización controlada abre el camino a la emancipación del trabajo en vez de a la austeridad y el desempleo masivo bajo el capitalismo. Por insistir en mi tesis: no podemos reorganizar, priorizar de nuevo y reestructurar la economía industrial global de forma sostenible y racional a menos que lo hagamos de forma directa y deliberada. Una economía que sea mayoritariamente planificada y controlada públicamente puede conseguir esta transición.

¿La planificación económica no funciona?

Por supuesto, uno de los “shibboleth” de los economistas capitalistas, desde Milton Friedman a Paul Krugman, es que la planificación económica “no funciona”. Los editores de publicaciones de negocios no se cansan de acordar los fracasos de la planificación central soviética como prueba de su tesis. No me lo creo. Planificación ¿de quién y para quién? He defendido que los fracasos de la planificación estalinista no prueban nada en absoluto sobre los potenciales de la planificación per se, porque la planificación de los Estados estalinistas era planificación de y para la burocracia del partido (35). Estos Estados eran totalitarios, no democráticos. Los planificadores centrales excluían a los trabajadores y al resto de la población del proceso de planificación, y dictaban objetivos productivos y cuotas de arriba a abajo. No había forma de que los trabajadores contribuyeran con su conocimiento y creatividad al proceso planificador, ni incentivo para que lo hicieran. Como los trabajadores soviéticos solían decir: “fingimos que trabajamos y ellos fingen que nos pagan”. Dadas estas contradicciones, es sorprendente que la planificación funcionara siquiera. La planificación sólo será racional y eficiente cuando todo el mundo que sea vea afectado por ella tenga voz en las decisiones planificadoras. Eso es democracia. No veo el motivo por el que un sistema así no puede construirse.

¿Los Gobiernos no pueden “escoger a los ganadores”?

Igualmente, durante los años posteriores a la bancarrota de la startup solar Solyndra Corporation, rescatada por la administración Obama, no pasaba una semana en la que los editores del Wall Street Journal no recordaran a sus lectores de esta prueba de que los Gobiernos no pueden elegir a “los ganadores” (36). Pero como he señalado, Solyndra no fracasó porque la energía solar sea una tecnología condenada al fracaso. Fracasó porque, paradójicamente, la capitalista Solyndra no podía competir contra sus rivales de bajo coste, subvencionados, dirigidos, propiedad del Estado chino (37).

Además, ¿desde cuándo tienen los capitalistas una bola de cristal? Los CEOs y las juntas de administradores apuestan por tecnologías y productos “perdedores” todo el tiempo. Basta con mirar el reciente hundimiento de la start up de coches eléctricos Fisker Automotive y de Better Place, la compañía de estaciones de carga y de batería de vehículos eléctricos israelí (las dos entraron en bancarrota en 2013). Se unieron a la larga lista de apuestas privadas desafortunadas de Betamax de Sony, Edsel de Ford, Tucker Automobile a la DeLorean Motor Company y hasta el Titanic de la White Star Lines y la fiebre de los tulipanes. El suelo de Silicon Valley está cubierto de start ups fallidas. Los CEOs y las juntas no sólo eligen tecnología y productos fracasados, sino que también pierden dinero para sus accionistas e incluso hunden compañías perfectamente viables todos los días.

Consideremos las desventuras de JP Morgan Chase, Lehman Brothers, Washington Mutual, Enron, WorldCom, Pan American Airways y Swissair. ¿Quién sabe si Twitter, Tesla Motors, Amazon o Zynga alguna vez ganarán dinero? (38) Solyndra, apoyada por el Gobierno, perdió 535 millones de dólares. Pero cuando Jamie Dimon perdió dos mil millones de dólares para JP Morgan Chase, no recuerdo al Wall Street Journal aullar que los capitalistas “no pueden escoger a los ganadores”. Cuando Enron se hundió, no recuerdo escuchar ninguna condena generalizada de la “inevitable incompetencia” del sector privado. Cuando Royal Dutch Shell abandonó su aventura absurda de perforar el Ártico en septiembre de 2015, admitiendo que había tomado una decisión de perdedor, el Wall Street Journal se negó a culpar al CEO de Shell y explicó que “retirarse del Ártico es un paso en la dirección correcta” (39). Ahí está la sabiduría infalible del mercado libre en “escoger ganadores”. La hipocresía es la especialidad de los capitalistas, los medios de comunicación vagos y los economistas capitalistas predispuestos en contra de los hechos, que quieren forzar a los hechos a que se ajusten a su modelo simplista, sin importar la realidad. Es por eso que encaja perfectamente con el carácter del Wall Street Journal el que, hasta donde yo sé, nunca haya aplaudido a los Gobiernos cuando han escogido a ganadores indiscutibles: cuando la investigación financiada y dirigida públicamente ha producido armas o energía nuclear, radares, cohetes, turbinas de propulsión, transistores, microchips, el Internet, GPS y avances cruciales en biotecnología; cuando los científicos y las industrias gubernamentales lanzaron la nave espacial Apolo que puso al hombre en la luna; cuando los misiles balísticos producidos y desarrollados por el Gobierno aterrorizaron a los soviéticos y los bombarderos diseñados y operados por el Gobierno bombardearon a los rojos en Corea y Vietnam para “contener el comunismo” y asegurar la hegemonía estadounidense del Mundo Libre para que los suscriptores corporativos del Wall Street Journal pudieran explotarlo, ¿dónde estaba el lamento de que “el Gobierno no puede escoger a los ganadores” (que quede claro que yo no apoyo ninguno de esos inventos ni sus usos, pero no cabe duda de que fueron “ganadores” en términos de quienes ordenaron que se produjeran). Y cuando, después de un viaje de 150 millones de millas y 8 años, arriesgado, complejo e insuperablemente difícil, Curiosity, la nave espacial de la NASA fabricada por el Gobierno aterrizó un laboratorio de última generación (fabricado por el Gobierno) del tamaño de un Mini Cooper a una milla y media de su objetivo en la superficie de Marte, y comenzó de inmediato a explorar la zona, incluso los republicanos aversos al Gobierno y amantes de Ayn Rand que había en el Congreso guardaron un silencio asombrados. Como dijo el titular de David Sirota en Salon.com el 13 de agosto de 2012 después de que Curiosity aterrizara en el planeta rojo: “Lecciones desde Marte: ¡el Gobierno funciona!”.

La planificación capitalista claramente funciona

Por otra parte, también señaló que, dentro de sus propias compañías, los capitalistas difícilmente disputan el potencial de la planificación racional. Justamente, al contrario. Hoy en día, los ingresos de las compañías más grandes del mundo son mayores que muchas economías nacionales. De acuerdo al Institute for Policy Studies, 51 de las 100 entidades económicas del mundo son corporaciones, y el resto, países (40). Además de los bancos, que no producen nada, la mayoría de las principales compañías son empresas de automóviles y petróleo. ExxonMobil, SinoPec (China) y BP tienen ingresos mayores que la mayor parte de países, con la excepción de 29 de ellos. Las multinacionales más grandes operan en docenas de países con cientos de miles de trabajadores. Walmart tiene 2,2 millones de trabajadores (41).

No podemos reorganizar, tener nuevas prioridades y reestructurar la economía industrial mundial de un modo racional y sostenible a menos que lo hagamos directa y deliberativamente”

Consideremos esta idea: Boeing Aircraft representa, se podría decir, el pináculo de la tecnología de manufactura hoy en día. El 787 Dreamliner es el producto de manufactura más tecnológicamente sofisticado en el mundo. Hasta 50 grandes compañías contribuyen a producir sus principales componentes: el fuselaje, el motor, el chasis, las mamparas y los neumáticos. Las subcontratas envían componentes desde Japón, Italia, Corea, Alemania, China, el Reino Unido, Suecia, Francia y otros países. La producción de aviones está planificada, coordinada, secuenciada al milímetro y coreografiada de forma sistemática. Cada minuto y cada dólar se tiene en cuenta. Las ineficiencias y los desperdicios se eliminan con celo fanático. La producción es rigurosamente precisa, disciplinada y eficiente. Además de la producción, Boeing gestiona la formación de la tripulación, el mantenimiento, y la mejora de miles de aeronaves en todo el mundo. Luego, hay oficinas para el desarrollo de productos, ventas, gestión de personal y regulación gubernamental, y más. La alta tecnología de Boeing y las operaciones de larga distancia son todas «centralmente planificadas», coordinadas y gestionadas desde sus oficinas centrales, como todas las grandes empresas. Si las empresas con ingresos mayores que el PIB de la mayoría
los países pueden planificar racional y eficientemente sus economías, ¿por qué no pueden las naciones?
¿Por qué no podemos planificar racionalmente la economía industrial mundial para las necesidades de los pueblos del mundo? Por supuesto, la planificación de una economía nacional y la coordinación mundial las economías son más difíciles que planificar la producción, la venta y el mantenimiento
de aviones. Pero no veo ninguna barrera tecnológica para esto. Además, no tenemos otra opción. Es planificar o morir. Si no planificamos racionalmente nuestras mayores economías industriales para cubrir las necesidades de las personas y del planeta, si, en cambio, seguimos dejando que la
anarquía y la maximización de beneficios guíen nuestra vida económica global, el resultado
será un suicidio humano colectivo.

Salvando a los pequeños productores

Al defender la planificación industrial a gran escala como la única alternativa viable a la anarquía del mercado no planificada, no estoy diciendo en absoluto que deberíamos nacionalizar las granjas familiares, los mercados de agricultores, los artesanos, las tiendas de comestibles, las panaderías, los restaurantes locales, los talleres de reparación, las cooperativas de trabajadores, y pequeñas empresas similares. Los pequeños productores no están destruyendo el mundo. Pero las grandes corporaciones sí. Si queremos salvar a los humanos, las grandes empresas tendrían que ser nacionalizadas, socializadas, completamente reorganizadas. Muchas deben ser cerradas, otras reducidas, y otras reutilizadas. Pero no veo ninguna razón por la que los pequeños productores locales e independientes no puedan seguir más o menos como están, en el marco de una economía planificada más amplia. Tendrían que trabajar dentro de los límites de lo que es sostenible, obedecer los límites de contaminación y los mandatos de conservación de recursos. También se les prohibiría crecer más allá de lo razonable, acordado tamaños máximos para las empresas. Pero aparte de eso, no veo ningún problema en dejar que los pequeños propietarios-operadores y cooperativas permanezcan. No necesitamos planear toda la economía y tenemos problemas más grandes de los que preocuparnos.

Notas

1 Sewell Chan, “Poll finds Global Consensus on the Need to Curb Emissions,” New York Times, November 6, 2015.

2 Germany shut down its nuclear power plants, but replaced their electricity generation mainly with coal-fired power plants to power its industries. Auto manufacturing is the country’s leading export. And, with car companies, it’s “big car big profit, small car small profit.” So the Germans burn coal to produce gas guzzlers. Brilliant! Indeed, Germany’s government is even demolishing actual solar-, wind-, and biogas-powered ancient (not to mention beautifully restored and upgraded) medieval villages, to unearth the filthy brown lignite coal buried beneath them, in their drive to replace nuclear power with coal. Stunningly brilliant! See: Tony Paterson, “Green Village to be Bulldozed and Mined for Lignite in Germany’s Quest for Non-nuclear Fuel,” The Independent, September 29, 2014, http://www.independent.co.uk/environment/green-living/green-village-tobe-bulldozed-and-mined-for-lignite-in-germanys-quest-for-non-nuclear-fuel-9760091.html .

3 Trucks in 1950 got 8.4mpg whereas in 2010 they got 6.4mpg. See: http://www.eia.gov/totalenergy/data/annual/showtext.cfm?t=ptb0208 . Demand for fuel-efficient cars is falling; sales of GM’s plug-in hybrid Volt fell 35 percent in the first half of 2015. The top three selling vehicles in 2014 were the GMC Sierra, the Dodge Ram, and Ford’s F-Series truck–fuel economy disasters. What’s more, hybrid/electric powered cars like the Prius and Leaf account for an infinitesimal and falling percentage of new car sales, barely 2.8 percent in the US in the first half of 2015, down almost a full percentage point from 3.6 percent in 2014. See: Mike Ramsey and Christina Rogers, “Surging Demand for Pickups Tests new EPA Rules,” Wall Street Journal, August 4, 2015. ~33~ possibilities & proposals new systems. It hardly matters anyway since electric cars are really mostly coal-oil-gas powered as fossil fuels dominate electricity production and are expected to do so for many decades. In the US in 2014, 67 percent of electricity was produced by fossil fuels and another 19 percent by nuclear. See: “What is US Electricity Generation by Energy Source,” last modified March 31, 2015, https://www.eia.gov/tools/faqs/faq.cfm?id=427&t=3 . In China, which is the world’s largest car market, virtually all cars are fossil fuel-powered. Same in India.

4 John Schwartz, “Deadly Heat is Forecast in Persian Gulf by 2100,” New York Times, October 26, 2015, based on a report by Jeremy S. Pal and Elfatih A. B. Eltahir, “Future Temperature in Southwest Asia Projected to Exceed a Threshold for Human Adaptability,” Nature Climate Change 6 (October 26, 2015): 1-4.

5 Michael T. Klare, The Race for What’s Left: The Global Scramble for the World’s Last Resources (New York: Picador, 2012); Ugo Bardi, Extracted: How the Quest for Mineral Wealth is Plundering the Planet (White River Junction: Chelsea Green, 2014); Craig Simons, Devouring Dragon: How China’s Rise Threatens Our Natural World (New York: St. Martins, 2013); Elizabeth C. Economy and Michael Levi, By All Means Necessary: How China’s Resource Quest is Changing the World (New York: Oxford, 2015); Simon Romero, “Countries Rush for Upper Hand in Antartica,” New York Times, December 29, 2015.

6 China’s astounding resource overconsumption is in a class by itself. To understand why, see my “China’s Communist-Capitalist Ecological Apocalypse,” Real-World Economics Review 71 (June 2015): 19-63, http://www.paecon.net/PAEReview/issue71/Smith71.pdf

7 Helen Lewis, “Never Mind the Pointless Apps–Our Best Minds Should be Solving Real Problems,” Guardian, November 11, 2015, http://www.theguardian.com/commentisfree/2015/nov/11/  laundry-ninjas-free-market-science; Hu Yongqi, “As Phone Sales Cool, HTC Bets on VR Devices,” China Daily, January 5, 2016, http://www.chinadaily.com.cn/business/tech/2016-01/05/ content_22932829.htm; Gao Yuan, “Virtual Reality, the Next Big Thing for Future-minded Tech Firms,” China Daily, January 5, 2016, http://usa.chinadaily.com.cn/epaper/2016-01/05/content_22941357.htm

8 Yuan, “Virtual Reality, the Next Big Thing for Future-minded Tech Firms;” Yongqi, “As Phone Sales Cool, HTC bet on VR devices;” “Thneeds” is from Dr. Seuss’s The Lorax (New York: Random House, 1971), which, remains, in my humble opinion, the greatest environmental book ever written.

9 Retailing consultant Victor Lebow quoted by Vance Packard in his brilliant and sardonic classic The Waste Makers (Philadelphia: David McKay, 1960), 24.

10 Giles Slade, Made to Break: Technology and Obsolescence in America (Boston: Harvard, 2006), 7.

11 Warren O. Ault, Open-Field Farming in Medieval England (London: George Allen & Unwin, 1972); Alan Mayhew, Rural Settlement and Farming in Germany (New York: Barnes & Noble, 1973); B.H. Slicher Van Bath, The Agrarian History of Western Europe A.D. 500-1850 (London: Edward Arnold, 1963); Jack Goody, et al., Family and Inheritance: Rural Society in Western Europe 1200-1800 (Cambridge: Cambridge University Press, 1976). Robert Brenner, The Brenner Debate, T.H. Aston and C.H.E. Philpin eds. (Cambridge: Cambridge University Press, 1985).

12 For more information see: Richard Smith, Green Capitalism: The God That Failed (World Economic Association Press, 2015), http://www.worldeconomicsassociation.org/downloads/green-capitalism-the-god-that-failed/.

13 Herman Daly, Beyond Growth: The Economics of Sustainable Development (Boston: Beacon, 1996); Serge Latouche, Farewell to Growth (Cambridge: Polity, 2009). ~34~ possibilities & proposals new systems

14 Smith, Green Capitalism, chapter 2.

15 Smith, Green Capitalism, chapter 3.

16 Milton Friedman, “The Social Responsibility of Business is to Increase its Profits,” The New York Times Magazine, September 13, 1970.

17 On the responsibilities of corporations, see Joel Bakan, The Corporation: The Pathological Pursuit of Profit and Power (New York: Free Press, 2004).

18 Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC), Climate Change 2014: Synthesis Report. Contribution of Working Groups I, II, and III to the Fifth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change (Geneva: IPCC, 2014), http://www.ipcc.ch.

19 Adam Nagourney, “California Democrats Drop Plan for 50 Percent Oil Cut,” New York Times, September 10, 2015.

20 Brent Kendall and Amy Harder, “Industry, States set to Fight EPA Greenhouse Gas Rules” Wall Street Journal, August 9, 2015.

21 Smith, Green Capitalism, chapter 4; See also: Smith, “China’s Communist-capitalist Ecological Apocalypse,” http://www.paecon.net/PAEReview/issue71/Smith71.pdf.

22 Smith, Green Capitalism, chapter 1.

23 IPCC, Climate Change 2014: Synthesis Report.

24 Jenna Iacurci, “Report Calls for Five-year Plan to Save World’s Over-fished Oceans,” Nature World News, June 24, 2014, http://www.natureworldnews.com/articles/7735/20140624/reportcalls-for-five-year-plan-to-save-worlds-over-fished-oceans.htm; Also: J.-P. Gattuso et al., “Contrasting Futures for Ocean and Society from Different Anthropogenic CO2 Emissions Scenarios,” Science 349, 6243 (July 3, 2015).

25 World Resources Institute, Climate Analysis Indicators Tool (CAIT) 2.0, accessed May 2014, http://cait.wri.org.

26 Smith, Green Capitalism, chapter 2.

27 World Bank, Turn Down the Heat: Why a 4° Warmer World Must be Avoided (Washington DC: World Bank, 2012), http://documents.worldbank.org/curated/en/2012/11/17097815/turndown-heat-4°c-warmer-world-must-avoided; Mark Lynas, Six Degrees: Our Future on a Hotter Planet (Washington DC: National Geographic, 2008).

28 See Smith, “China’s Communist-capitalist Ecological Apocalypse.”

29 “Germany Opens Bicycle-only Autobahn,” Bicyling, December 29, 2015, http://www.bicycling.com/culture/advocacy/germany-opens-bicycle-only-autobahn

30 Consumer Reports, “Bottled Water: $346 per Year. Tap Water: 48 Cents. Any questions?” Consumer Reports News, July 12, 2011, http://www.consumerreports.org/cro/news/2011/07/bottledwater-346-per-year-tap-water-48-cents-any-questions/index.htm ~35~ possibilities & proposals new systems

31 Mark Z. Jacobson, et al. “100% Clean and Renewable Wind, Water, and Sunlight (WWS) All-sector Energy Roadmaps to the 50 United States,” Energy & Environment Science 8 (2015): 2093-2117, http://web.stanford.edu/group/efmh/jacobson/Articles/I/USStatesWWS.pdf ; Eliot Chang, “Infographic: How Much Would it Cost for the Entire Planet to Switch to Renewable Energy?” Inhabitat (and the sources cited therein), September 24, 2013, accessed January 8, 2016, http://inhabitat.com/infographic-how-much-would-it-cost-for-the-entire-planet-to-switch-torenewable-energy/ .

32 See Heather Rogers, Gone Tomorrow: The Hidden Life of Garbage (New York: New Press, 2005); Giles Slade, Made to Break: Technology and Obsolescence in America (Cambridge: Harvard, 2007); Charles Moore and Cassandra Phillips, Plastic Ocean: How a Sea Captain’s Chance Discovery Launched a Determined Quest to Save the Oceans (New York: Penguin, 2011).

33 See the Louisville Charter for Safer Chemicals, http://smartpolicyreform.org/the-charter/the-louisville-charter ; Safer Chemicals Healthy Families, http://www.saferchemicals.org ; Smith, Green Capitalism, chapter 2.

34 For more detail, see Smith, Green Capitalism, chapter 4.

35 Smith, Green Capitalism, chapter 5.

36 For example, “The Solyndra Economy,” Wall Street Journal, October 11, 2011, http://www.wsj.com/articles/SB10001424052970204524604576610972882349418 .

37 Smith, Green Capitalism, chapter 5.

38 Matt Egan, “16 Firms Worth Billions Despite Losing Money,” CNN Money, January 23, 2015, http://money.cnn.com/2015/01/23/investing/shazam-tech-startups-lose-money/ .

39 Helen Thomas, ‘Why Shell Has Gone Cold in the Arctic,” Wall Street Journal, September 28, 2015.

40 John Cavanaugh and Sarah Anderson, “Top 200: The Rise of Corporate Global Power,” Institute for Policy Studies, 2010, http://www.ips-dc.org/top_200_the_rise_of_corporate_global_power/ .

41 Walmart, Company Facts, corporate.walmart.com/newsroom/company-facts.

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