¿Qué queremos? 

Tras la Gran Recesión de 2008 y durante un período corto pero intenso, la agudización del conflicto de clase pareció servir de viento que impulsaba las velas de una izquierda que creía que iba a cambiar el equilibrio de poder en España, aún dentro del modo de producción capitalista. Hoy en día ese ciclo está claro que se ha agotado y la reacción liberal-conservadora es la que parece marcar el ritmo político en numerosos frentes: desde el debate sobre la cuestión nacional, la inmigración, lo cultural o lo moral. Pero transversal a todos ellos, siempre enarbolan la defensa de la propiedad privada y la economía de mercado como ejes irrenunciables.

La izquierda, mientras tanto, está desorientada y en desbandada, entretenida en debates que, aunque en su mayor parte necesarios, evidencian la carencia de alternativas a lo que se critica. Se ataca al capitalismo como algo a rechazar, destruir o superar, pero no se concreta qué debería reemplazarlo. La importancia de este punto es clave: podemos enumerar todos los males de nuestra sociedad, pero a menos que uno ya esté convencido, le servirá de poco saber que lo existente es algo negativo. Necesitará saber que lo que se propone que lo sustituya es mejor que lo ya existente, o la sabiduría popular le dictará que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer 

La propuesta de nuestro grupo, Cibcom (ciber-comunismo), es estimular, participar y defender el debate sobre la planificación democrática de la economía aprovechando las condiciones tecnológicas actuales. La planificación democrática de la economía como alternativa factible para decidir el qué y el cómo de la producción y reproducción de nuestras sociedades. Aunque el debate es de una complejidad y profundidad notables, se puede resumir en lenguaje sencillo, y de hecho esto es un requisito para que la terminología o la retórica no hagan que sólo participen en él unos pocos intelectuales:

Aspiramos a la proliferación y asociación internacional de Repúblicas cimentadas sobre la democracia directa, marcos de igualdad social donde todos y cada uno tengamos el mismo poder de decisión. Una sociedad en la que la participación y deliberación junto a nuestros semejantes se integre en nuestras vidas, fortaleciendo así nuestra mutua solidaridad y permitiéndonos comprender y superar los graves problemas que nos presenta este siglo, sin excluir a nadie. Este proyecto encuentra un límite claro: la economía de mercado.

 Es un hecho declarado que, en nuestra sociedad capitalista, las empresas producen para obtener beneficios y sólo nos proveen de bienes y servicios como forma de alcanzar este fin. Se trata de un sistema clasista en el que ni los los braceros del proceso (los trabajadores), ni los supuestos destinatarios (los consumidores-ciudadanos), tienen control sobre su deriva. Por ello, los beneficios económicos de las empresas no se traducen necesariamente en mayor bienestar social. La acumulación de capital es siempre trabajo no retribuido que el capitalista se apropia; cualquier suma de dinero no es más que un título que permite apropiarse del trabajo de los demás. El ejemplo más claro lo hemos visto con las patentes de las vacunas: mientras morían miles de personas diariamente, a las empresas sólo les interesaba venderlas al mejor postor, no inmunizar a la gente. 

Por ello, nuestro principal objetivo es el de organizar la sociedad de tal manera que todos distribuyamos el total de tiempos de trabajo en las diferentes actividades y sectores de la economía sin que existan productores independientes y dinero; una economía centrada en las necesidades sociales y no en el beneficio de unos pocos, en la que la democracia alcanzaría su auténtico esplendor.

¿Con quién? 

En general, con toda la ciudadanía, pero, especialmente, con los más interesados en la transformación social: las clases trabajadoras y sus organizaciones. Nuestra posición es diametralmente opuesta a los que consideran que los asuntos públicos son tan sumamente complejos que sólo especialistas o, a lo sumo, representantes, pueden gestionarlos. Estos, en la estela de Padres Fundadores de los EE.UU. y, en general, de la gran mayoría del liberalismo, llevan décadas intentando convencernos de que lo que llaman “democracia representativa” es la única democracia posible. Consideran a los pueblos como masas ignorantes, incapaces de autogobernarse. Sin embargo, los ciudadanos no nos encontramos hoy apartados de la política por estar incapacitados para ella. No estamos capacitados para ella porque se nos ha excluido interesadamente de la misma, impidiéndonos aprender. 

¿Cómo? 

Llegados a este punto, la pregunta básica es, ¿qué herramientas tecnológicas y matemáticas son necesarias para que lo que defendemos sea posible? Matemáticamente es un problema relativamente sencillo cuya solución teórica sólo requiere de optimización elemental, en particular ciertos conocimientos de optimización convexa y álgebra lineal. Tanto es así que ya en los años 40 disponíamos de las herramientas matemáticas necesarias para resolver el problema de forma teórica. En la práctica, es más complicado que esto pues necesitamos: 1) poder manejar grandes flujos de información en tiempo real, 2) tener una alta capacidad de procesamiento para poder aplicar ciertos algoritmos matemáticos a una economía con decenas de miles de artículos diferentes y 3) capacidad de hacer consultas a los ciudadanos en tiempo real.

En particular, en la estela del Cybersyn de Allende o el OGAS promovido por Glushkov, creemos necesaria una infraestructura tecnológica cuasi ubicua (con “raíces” en todas las comunidades) a la que toda la ciudadanía tuviera acceso garantizado y que fuera capaz de almacenar todos los datos necesarios y transmitirlos en tiempo real, además de una capacidad aritmética suficientemente alta para poder ejecutar los algoritmos en tiempos razonables. Por fortuna, a partir del desarrollo tecnológico de las últimas tres décadas es posible todo esto y más. De hecho, empresas grandes tales como Amazon o Wal-Mart ya ejercen una planificación interna que funciona como un ‘reloj’ para obtener beneficios privados. Internet, los teléfonos móviles y los ordenadores son usados por estas como fuentes inagotables de información sobre las preferencias de los consumidores. Son el feedback necesario para reajustar eficientemente su producción. Es precisamente ese uso de estas tecnologías el que nos permite incorporar la participación ciudadana plena en la toma de decisiones socioeconómicas. Decisiones tales como ¿cuánto y cómo quieres invertir los impuestos? ¿Qué productos quieres que se produzcan y en qué cantidades? Etc.

La cuestión, en definitiva, no es “planificación sí” o “planificación no”-esta es perfectamente

factible y actual- sino cómo y para quienes planificar»: planificación democrática, al servicio de los objetivos sociales, o planificación oligárquica, orientada a la competencia por el beneficio privado.

¿Para qué?

Para evitar las crisis económicas que destruyen puestos de trabajo y capacidad productiva, con las nefastas consecuencias sociales que conocemos como gente sufriendo pobreza, condiciones laborales deterioradas, paro estructural, desahucios, etc.

Para que nadie sea capaz de apropiarse del trabajo de los demás, sino que sea la propia sociedad en su conjunto la que decida cuánto del trabajo social se reinvierte, dónde y cómo se hace. 

Para enfrentarnos a desafíos globales que están intrínsecamente vinculados con la forma en que producimos, como el calentamiento global. Éste y otros problemas son de un calado y una vinculación tales con el sistema económico que no se solucionan sólo con cambios individuales o pequeñas reformas, sino que exigen cambiar la propia lógica bajo la que producimos. Necesitamos grandes inversiones en ámbitos como las nuevas formas de energía o los transportes que serán inalcanzables o se verán postergadas hasta ser inviables mientras la rentabilidad esté por delante del bien social y medioambiental.

Para incentivar el desarrollo técnico y el progreso que lleven a reducir el tiempo de trabajo y así ir conquistando cada vez mayores cuotas de tiempo libre. Para que los trabajos desagradables o rutinarios, pero aun así necesarios, puedan asumirse de forma equitativa por la sociedad, con jornadas laborales reducidas lo máximo posible.  

Por último, creemos que nuestras ideas son útiles para fortalecer otras tradiciones emancipadoras. Las reivindicaciones del feminismo, por ejemplo, la igualdad salarial o el reparto equitativo de los cuidados domésticos, encuentran hoy un límite claro: el capitalismo tiende a cargar el peso de los cuidados al ámbito familiar y, particularmente, en las mujeres. Frente a este panorama, creemos que una economía democráticamente planificada aportaría una base técnico-institucional capaz de canalizar sus demandas. Así, serían posibles iniciativas como la promoción de distritos comunitarios en los que la mayoría de los cuidados (cocina, limpieza, etc) se asuma, colectivamente, entre todos los vecinos adultos. 

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1 Comment

  1. Alan Gómez Reply

    De suma importancia estudiar este artículo científico:
    Hemos presentado las líneas generales de un modelo de planificación socialista que, según afirmamos, sería eficiente y respondería a las necesidades populares. Hemos argumentado que tal sistema es técnicamente factible dado el estado actual de la tecnología informática, y hemos defendido el uso de valores laborales en nuestro sistema propuesto a partir de la acusación de que los «precios burgueses» (que implican una tasa de beneficio igualada) proporcionan un medio superior de cálculo económico.
    Desde esta perspectiva, el fracaso del modelo soviético no puede considerarse sinónimo del fracaso del socialismo: lo que fracasó en Rusia fue una forma particular de planificación, mientras son posibles otras formas superiores de planificación.
    http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/cuba/if/marx/documentos/22/Economic%20planning….pdf

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